Una fe ciega La fe del carbonero (1)
por S. Stuart Park Valladolid, 22 de Julio de 2019
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El carbonero |
En el uso cotidiano, este dicho popular hace referencia a personas que «adoptan creencias sin necesidad de explicaciones que demuestren que son acertadas, y que no exigen pruebas ni saben de argumentos».
Podría pensarse, por lo tanto, que la «fe del carbonero» es comparable a la fe de un niño, pero no lo es, ya que la fe de un niño se fundamenta en evidencias de fiabilidad que se sustentan en el seno de la familia, o la escuela, y pueden desmoronarse ante la incoherencia de sus progenitores o la torpeza de sus maestros. Cuando Jesús dijo que «de los niños es el reino de los cielos» no tenía en mente una fe «ciega», sino la que nace de una confianza sincera basada en la fidelidad de Dios.
Parece claro, por lo tanto, que en el mejor de los casos la «fe del carbonero» necesita sustentarse en conocimientos si ha de sobrevivir en medio de los avatares de la vida; pero si se trata tan solo de una religiosidad rutinaria, irreflexiva, de conveniencia, nada tiene que ver con la fe de Cristo, y no prosperará.
Para ilustrar el asunto de la fe –y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid–, permitidme hablaros de un diminuto visitante alado que frecuenta nuestro balcón en Asturias en busca de los frutos secos que dejamos preparados allí. Ayer por la mañana, sin ir más lejos, entró sin pensárselo en el comedor, donde quedó atrapado entre la contraventa y el cristal, incapaz de encontrar salida. Lo liberé enseguida y salió despavorido, no sé si para contar su aventura a sus congéneres entre las ramas de los árboles frondosos que embellecen el lugar. Se trata de un pájaro de hermoso colorido cuyo nombre en latín es Parus major, un título grandioso para un pájaro tan pequeño, de la familia Paridae; en castellano –lo habréis adivinado– es conocido por un nombre más modesto: el carbonero.
Hablaremos, pues, de la fe del carbonero a partir de la experiencia vital de aquel pájaro pequeño, que mucho nos puede enseñar. El propio Señor Jesús evocó la cotidiana actividad de las aves del cielo en contraste con la ansiedad que atenaza al ser humano en su fatiga y afán: «Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta» –dijo–, y el Doctor Martín Lutero sentenció:
Mirad, él convierte a las aves en maestros de escuela y profesores nuestros. Es para nosotros una vergüenza grande y permanente que en el Evangelio un gorrioncillo débil y vulnerable sea un teólogo y un predicador para los más sabios de los hombres. Tenemos tantos maestros y predicadores como pajarillos hay en el cielo. Su ejemplo vital nos abochorna. Cuando escuchas a un ruiseñor, por tanto, escuchas a un excelente predicador. (…) Es como si dijera: «Prefiero estar en la cocina del Señor. Él ha hecho cielo y tierra, y él mismo es el cocinero y el anfitrión. Cada día alimenta y nutre a innumerables pajarillos de su propia mano» (1521).
Nos sentimos legitimados, pues, a considerar la fe del carbonero como espejo en el que mirar la nuestra propia, por si nos pudiera enseñar alguna valiosa lección.
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COMENTARIOS DE LOS LECTORES: 1
22/08/2019 Admirable genialidad la tuya, querido Stuart. De la mera coincidencia existente entre el antiguo refrán y el nombre del pajarito que, llevado de su búsqueda natural, entró en tu casa, eres capaz de armar todo este blog. Que es otro espacio más para reflexión y la defensa de la fe.Manuel MARTÍNEZ MUÑOZ Maestro jubilado, enamorado de la lectura. |
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