por S. Stuart Park
Resulta llamativo un hecho no siempre reconocido, a saber, que las interioridades del alma de Cristo, lo que llamo ‘biografía íntima’, se revelan en el Antiguo Testamento más que en el Nuevo. La razón, tal vez, hay que buscarla en la esencia misma de su ser y estar en el mundo. S. Mateo cita la profecía de Isaías, y el contexto es revelador:
Pasando de allí, vino a la sinagoga de ellos. Y he aquí había allí uno que tenía seca una mano; y preguntaron a Jesús, para poder acusarle: ¿Es lícito sanar en el día de reposo? Él les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si ésta cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche mano, y la levante? Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por consiguiente, es lícito hacer el bien en los días de reposo. Entonces dijo a aquel hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada sana como la otra. Y salidos los fariseos, tuvieron consejo contra Jesús para destruirle. Sabiendo esto Jesús, se apartó de allí; y le siguió mucha gente, y sanaba a todos, y les encargaba rigurosamente que no le descubriesen; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo:
He aquí mi siervo, a quien he escogido;
Mi Amado, en quien se agrada mi alma;
Pondré mi Espíritu sobre él,
Y a los gentiles anunciará juicio.
No contenderá, ni voceará,
Ni nadie oirá en las calles su voz.
La caña cascada no quebrará,
Y el pábilo que humea no apagará,
Hasta que saque a victoria el juicio.
Y en su nombre esperarán los gentiles.
(Mt. 12:9-21).
No sabemos a ciencia cierta por qué el evangelista escogió este momento para citar aquella profecía, pero parece claro que no solo fue por la compasión que tenía del hombre discapacitado, y de todos los enfermos que sanó, sino porque les encargaba rigurosamente que no le descubriesen, es decir, por su nulo afán de protagonismo personal.
Jesús de Nazaret no buscó nunca su propia gloria, sino la de su Padre, y solo pensó en el bien de los demás:
«Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese» –dijo (Jn. 17:4)–, y en esta voluntad mostró el verdadero carácter de Dios.
El gran apóstol Pablo, imitador de Cristo, definió así su propia vocación:
«Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2 Co. 4:5-6).
Siervos por amor de Jesús. Mateo vio retratada en el comportamiento de Jesús, sin griterío ni auto-promoción, el cumplimiento del ‘Cántico del Siervo’ registrado por el profeta. El evangelista no describió personalmente el carácter de Jesús. No hizo falta: lo había retratado Isaías cumplidamente, a la perfección.