por S. Stuart Park
De vez en cuando estaré tentado de reproducir aquí algunas historias que han figurado en
La palabra suficiente, o en
El valle de la sombra, un libro que relata los últimos días de un amigo enfermo de cáncer, y cuya tercera edición está a punto de agotarse. ¿Por qué lo hago? En parte porque estoy seguro de que muchos lectores de estas reflexiones no conocen aquellos textos, o que otros habrán olvidado su contenido, y, quién sabe si no picará la curiosidad de alguno para acercarse a estas publicaciones por primera vez en el futuro (más alto se puede decir, pero no mucho más claro…).
Pues bien, a lo largo de los meses de verano de este año se está disputando en mi país una serie de partidos de cricket entre dos rivales acérrimos, Inglaterra y Australia (
Test Matches, se llaman, que ponen a prueba no solo las habilidades de los jugadores sino la capacidad de soportar el trauma que supone perder, o la euforia de ganar, por parte de los seguidores. Ambos países se paralizan durante los cinco partidos, de cinco días de duración cada uno, y de seis horas cada día, salvo que llueva, o que un equipo gane en menos tiempo.
He de confesar que desde mi adolescencia en Preston, cundo escuchaba los partidos jugados en Australia a través del transistor escondido bajo las mantas en la madrugada, ya que el verano de allí coincide con el invierno en las Islas con una diferencia de doce horas, o escuchando la radio en el jardín de casa en julio y agosto al borde de un ataque de nervios, o en éxtasis según la marcha de los partidos, no he dejado de sentir las fuertes emociones que suscita esta rivalidad. Es incomprensible, ¿verdad?, pero es lo que hay, y no lo puedo remediar. (Mi pobre madre desaprobaba estas aficiones, pero esa es otra historia).
En estos días he seguido el primer partido de este año, con un resultado nefasto para mi equipo, y me he consolado recordando una bonita historia que relataré a continuación. (De ello he hablado en
La palabra suficiente). En 1966, instalado ya en la universidad, escuché absorto un sermón a cargo del reverendo David S. Sheppard, célebre capitán de la selección inglesa de cricket recién retirado del deporte, que había participado en la serie jugada en Australia en el invierno de 1962-63, con gran repercusión mediática.
En su sermón, el reverendo Sheppard habló de la necesidad de tener una relación personal con Cristo, el Buen Pastor, y citó estas maravillosas palabras del Señor:
«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano» (S. Juan 10:27-28).
Al pronunciar estas palabras el predicador elevó sus dos manos por encima de la cabeza y las juntó con firmeza, como para no soltar algún objeto que sujetaba entre ellas. Contó a continuación, como para romper la tensión creada por sus palabras, una anécdota que había sucedido durante el partido contra Australia celebrado en Melbourne en 1962 y que había figurado en todas las páginas deportivas del país (y que yo recordaba como si hubiese estado allí).
Y para que mis lectores participen de la tensión generada por estas ocasiones, contaré lo que sucedió allí en mi próxima entrega…