Las manos del Pastor La fe del carbonero (11)
por S. Stuart Park Valladolid, 15 de Agosto de 2019
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Una pelota de cricket |
A pesar de su brillantez como capitán y como batsman (bateador), David Sheppard no era conocido por su habilidad para atrapar una pelota en vuelo −lo que en el cricket significa la eliminación de un jugador contrario− y había fallado con frecuencia en momentos claves de un partido.
En aquella tarde dramática de la que fue testigo el Melbourne Cricket Ground, un batsman australiano lanzó un tiro a las nubes en dirección a David Sheppard, y los 100.000 espectadores australianos contuvieron el aliento al ver que la pelota caía hacia las manos extendidas de este jugador. El catch era fácil, pero no pudo sujetarla, que fue al suelo para júbilo de los australianos y desesperación del equipo inglés. Aquel fallo me dio un disgusto muy grande, lo mismo que a gran parte del país.
Los periódicos sacaban punta a la notoria debilidad de Sheppard: «Solo junta bien las manos cuando hace una oración», decían, pero a pesar de cometer otro fallo garrafal en el mismo partido, sus 113 runs (carreras) en la segunda entrada (innings) contribuyeron a la victoria de su equipo. Al contar este incidente desde el púlpito, su amplia sonrisa iluminada por la cálida luz del atril, David Sheppard hizo ademán de atrapar una pelota, para soltarla enseguida, antes de reiterar las palabras de Cristo: «ni nadie las arrebatará de mi mano». El impacto del sermón fue poderoso, y su efecto duradero en la vida de muchos de los estudiantes presentes en aquella ocasión.
David Sheppard se había convertido a Cristo siendo estudiante de Historia en Cambridge en 1950, y fue ordenado ministro de la iglesia anglicana cinco años después. En 1969 fue nombrado obispo de la diócesis londinense de Woolwich y en 1975 fue instalado como obispo de la conflictiva ciudad de Liverpool. En la cámara de los lores se sentó en los bancos laboristas y era conocido por su oposición a la política social de Margaret Thatcher. La historia de su conversión es curiosa.
John Collins, compañero de David Sheppard, que también llegó a ser un destacado ministro anglicano después de terminar sus estudios, trabó amistad con quien era a la sazón capitán del equipo de cricket de la universidad, con la esperanza de compartir con él la fe de Cristo. John Collins se dio cuenta enseguida de que no podría tener una relación significativa con su amigo si no podía identificarse con su vida de deportista, pero el cricket no le interesaba en absoluto. Así que puso manos a la obra para conocer los intríngulis de aquel complejo deporte, y fruto de su amistad fue el ministerio de David Sheppard, respetado en todo el mundo.
La moraleja no es difícil de apreciar. Dios mismo se hizo hombre para solidarizarse con nuestra condición, y para atraer a sus ovejas Cristo se hizo Pastor, para conocer nuestros intereses y nuestra necesidad, y con su amor y comprensión nos trajo a su redil, donde nadie nos arrebatará de su mano, como él mismo prometió. Y como colofón añadiré que el apellido Sheppard –coincidencias de la vida– es una variante de Shepherd, que quiere decir Pastor.
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