por S. Stuart Park
Alivia las angustias del cricket la observación de los mirlos en su incansable búsqueda de comida para sus polluelos, que cumplen ya cinco días, si no me equivoco, y volarán en ocho o nueve días más si todo sale bien.
El canto del macho es melodioso, sencillo y elegante, y de vez en cuando se posa en el albaricoquero como para requebrar a su compañera, satisfecho de la labor realizada. Tiene el pico de color naranja, y un círculo del mismo tono alrededor del ojo, lo que le confiere un aire ciertamente aristocrático como si llevara un monóculo, ya que nunca deja ver los dos ojos a la vez, lo que le concede un campo de visión de ciento ochenta grados, suficiente para poder divisar cualquier peligro.
Su traje negro es de caballero bien vestido, y Jiménez Lozano le ha retratado a la perfección:
Después de la tormenta,
el mirlo sacude su traje negro de etiqueta.
Es un antiguo tory,
y siempre sale sin paraguas.
(‘El traje del mirlo’. Elogios y celebraciones).
¿Que tiene el pico de color naranja? Rectifico: de oro puro más bien, y en esto recuerda a uno de los grandes teólogos de oriente, Juan Crisóstomo (347–407), cuyo nombre significa en griego ‘
Pico de oro’ por la gran elocuencia que le caracterizó. No sé si estaría a la altura de nuestro gentleman alado, y si bien este no posee un gran repertorio, nadie le gana en armoniosa simplicidad.
La simplicidad, claro está, no indica necesariamente pobreza o escasez de conocimiento, sino todo lo contrario, y para defender al Crisóstomo del mundo aviar, apelo nada menos que al doctísimo filósofo alemán, Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770–1831):
Lo simple, considerado como carácter de lo bello, es un resultado. No se llega a ello sino después de haber pasado por múltiples formas intermedias. Es preciso haber triunfado de la multiplicidad, de la variedad, de la confusión. La simplicidad consiste, entonces, en ocultar, en borrar en esta victoria todos los preparativos y andamiajes anteriores, de modo que la libre belleza parezca surgir sin obstáculo, como un chorro de agua. Sucede en esto como en las maneras de un hombre bien educado, quien en todo lo que hace y dice se muestra simple, libre y natural, cualidades que parece poseer por un don de la naturaleza y que son, sin embargo fruto de una educación perfecta.
Cerramos esta loa con dos estrofas de un bello poema, ‘
El mirlo fiel’, de Juan Ramón Jiménez (1881-1958) que nos retrotrae a la primavera cuando el mirlo conoció a su compañera.
Cuando el mirlo, en lo verde nuevo, un día
vuelve, y silba su amor, embriagado,
meciendo su inquietud en fresco de oro,
nos abre, negro, con su rojo pico,
carbón vivificado por su ascua,
un alma de valores armoniosos
mayor que todo nuestro ser.
(…)
Y el mirlo canta, huye por lo verde,
y sube, sale por lo verde, y silba,
recanta por lo verde venteante,
libre en la luz y la tersura,
torneado alegremente por el aire,
dueño completo de su placer doble;
entra, vibra silbando, ríe, habla,
canta... Y ensancha con su canto
la hora parada de la estación viva.
y nos hace la vida suficiente.
Así es
Turdus Merula, con su pico de oro y depurada simplicidad. Ojalá le volvamos a ver el próximo mes de abril en el jardín.