por S. Stuart Park
David Willoughby Gooding
1925–2019
A punto de enviar esta reflexión, llega la noticia de la partida de un amigo, maestro y mentor, fallecido a punto de cumplir 94 años después de una larga y penosa enfermedad. Sirvan estas líneas de recuerdo emocionado y homenaje agradecido a una persona verdaderamente erudita, cuya vida ha dejado huella.
El Dr. Gooding fue
scholar en el Trinity College de Cambridge, donde se licenció y obtuvo el doctorado en lenguas clásicas con un expediente brillante. Le conocí a través de un amigo común, John C. Lennox, a la sazón doctorando en matemáticas en el Emmanuel College de Cambridge. Ambos me invitaron a asistir a unas sesiones de estudio bíblico en un lugar remoto de la costa norirlandesa en las postrimerías de la década de los 60, con presencia de un exiliado checo y un sacerdote español, don Miguel Rodríguez, cuya historia he relatado más ampliamente en
La palabra suficiente.
A lo largo de aquellas sesiones, que duraron una semana, vi con claridad meridiana un principio que ha informado mi propia comprensión de las Escrituras desde entonces: la manera en que todo el Antiguo Testamento señala, en sombra y figura, a Cristo, epicentro de la revelación bíblica, y que cualquier interpretación que hagamos de los textos vetero-testamentarios que no recale, en último término, en el evangelio de Jesús, es de valor limitado y parcial.
Para muchos, tal descubrimiento es elemental, pero no se trata de una ‘regla’ interpretativa que se puede aprender de manera teórica, sino de una realidad vital que informa la mente y hace arder el corazón. El propio Jesús resucitado reprochó a los discípulos de Emaús su torpeza al no leer las Escrituras de esta manera: sus ojos estaban «velados» –explica el evangelista (ver Lucas 24)–, hasta que reconocieron al Señor.
Según el crítico canadiense Northrop Frye (1912-1991), cuya obra revolucionó los estudios literarios de la Biblia en el mundo académico secular:
«Esta manera de leer la Biblia tipológicamente está indicada demasiado a menudo, y explícitamente, en el Nuevo Testamento, como para que abriguemos alguna duda de que es la manera «correcta» de leerla; «correcta» en el único sentido que pueda reconocer la crítica, como la manera que se ajusta a la intención del libro» (énfasis mío).
Este no es el lugar para entrar en el complejo mundo de la hermenéutica bíblica, que tantas opiniones, y tan diversas, suscita. Se trata, dicho con la mayor simplicidad, de la lectura de toda la Escritura desde Cristo, y hacia Cristo.
Termino con una conocida cita de Hegel, tomada de su Fenomenología del espíritu. Se trata de una sencilla metáfora que ilumina, desde otro contexto, lo que hemos intentado expresar aquí. Resume a la perfección la naturaleza de la Biblia en su relación con Cristo:
El brote desaparece cuando la flor se abre paso, y podríamos decir que la primera es refutada por la segunda; de la misma manera, cuando llega el fruto, la flor puede explicarse como una falsa forma de la existencia de la planta, pues el fruto aparece como su verdadera naturaleza en lugar de la flor. La actividad incesante de su propia naturaleza inherente hace de estas etapas momentos de unidad orgánica, donde no sólo no se contradicen entre sí, sino que una es tan necesaria como la otra; y constituye así la vida del todo.
Agustín de Hipona lo dijo de otra manera: el Nuevo Testamento está latente en el Viejo; el Viejo se hace patente en el Nuevo. Esta lección la aprendí en mi propio ‘camino de Emaús’ de la mano de David Gooding, y estaré agradecido siempre por el interés que tomó por mí, y por la sencillez que escondía una enorme erudición.