por S. Stuart Park
No solo los personajes, acontecimientos y símbolos del Antiguo Testamento –el tabernáculo y el culto, el pacto y las promesas– reflejan a Cristo, como se ve de manera especialmente intensa en la Carta a los Hebreos y Apocalipsis, sino la propia Naturaleza y el cosmos entero simbolizan aspectos de la magnificencia del Creador en su poder y belleza: el sol y la luna, la noche y el día, la fauna y la flora, todos ellos reflejan alguna faceta de la multiforme sabiduría de Dios. Incluso el más pequeño detalle de la vida cotidiana puede hacernos levantar los ojos hacia Cristo.
El pastor anglicano y poeta George Herbert (1593-1633), destacado representante de los poetas metafísicos ingleses, que parten de un elemento concreto de la vida cotidiana para elevar su vista hacia Dios, hace una reflexión sobre la manera en que el servicio de Cristo transforma la visión y hace que la tarea más humilde sea un modo, o medio, de devoción en uno de sus poemas más célebres titulado ‘El elixir’. Se trata, en suma, de trascender lo material, de ver más allá de lo superficial. La primera de sus seis breves estrofas comienza así:
Enséñame, mi Dios y Rey,
en todo a verte a ti,
y haga lo que haga,
sea siempre para ti.
La palabra elixir viene del árabe al-Ikseer, «la receta potente», y entró en las lenguas europeas gracias a la fascinación creciente con la alquimia (otra palabra árabe) en la Edad Media. El elixir es la poción que otorga inmortalidad, procedente de la piedra filosofal que transforma el metal base en oro. El secreto del elixir para Herbert se encuentra en el discernimiento de la presencia de Cristo en todos los aspectos de la vida. La última estrofa dice así:
Esta es la piedra famosa
que todo lo vuelve oro:
pues aquello que Dios toca
se convierte en tesoro.
La estrofa central del poema resume sucintamente la poética de Herbert:
Quien mira un cristal
en él puede quedar;
o si lo desea traspasar,
el cielo vislumbrar.
Se trata de un símbolo de la manera en que podemos contentarnos con la superficie de las cosas, o
si lo deseamos, descubrir una realidad mayor. Indica, por lo tanto, un principio hermenéutico aplicable a la revelación. Llama la atención la afinidad entre la analogía de nuestro poeta y el uso por parte de Jesús de la parábola, un vehículo de comunicación por el que un concepto complejo como «el reino de los cielos» se hace accesible mediante la similitud, o el contraste, con algún aspecto familiar de la vida real. «El que busca, halla» –dijo el Maestro–; el cristal es transparente, y el deseo de ver más allá depende de nuestra libre voluntad.
«Quien mira un cristal / en él puede quedar; / o si lo desea traspasar, / el cielo vislumbrar».
No hay ninguna concesión, por tanto, a la superficialidad o al capricho de quien se acerca al texto bíblico; se requiere tan solo una disposición de receptividad.