Mrs. Unwin La fe del carbonero (21)
por S. Stuart Park Valladolid, 25 de Octubre de 2019
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El arrendajo |
Después de pasar más de un año en el asilo y con la estabilidad emocional recuperada, Cowper se trasladó a Huntingdon, no lejos de Cambridge, para estar cerca de un hermano suyo. Allí fue recibido en la casa de un clérigo evangélico retirado, el reverendo Morley Unwin, que procuró hacer apacible la vida de su nuevo huésped. Tras la muerte de Unwin en un accidente, su viuda, Mary Unwin, se trasladó a Olney en el condado de Buckinghamshire con sus hijos y con Cowper, invitada por John Newton, ex–traficante de esclavos convertido a Cristo. Cowper había trabado una amistad profunda con Mary durante sus largos paseos por la campiña de Huntingdon, y veía en ella la madre que perdió en su infancia. Mary Unwin tenía 41 años a la sazón y Cowper, 37.
Una vez en Olney, Cowper colaboró con Newton de manera incansable en la visitación de los parroquianos, en los cultos de oración, en la labor pastoral y, especialmente, en la composición de himnos. Mary Unwin, por su parte, ayudaba en el canto ya que poseía una voz notablemente musical. Pero una sombra se asomó al horizonte. No obstante el carácter evidentemente platónico de la amistad que le unía con Mary, no tardaron en surgir rumores acerca de la relación entre sir Cowper (así le llamaban los lugareños por su ascendencia aristocrática) y la atractiva viuda, Mrs. Unwin. Newton, sin embargo, los defendió enérgicamente y se negó a obligarles a abandonar su casa. El hecho disgustó a Cowper y contribuyó a un declive progresivo de su salud.
El 1 de enero de 1773, el día en que se presentó por primera vez en la iglesia de Olney ‘Amazing Grace’, el himno más célebre de Newton y uno de los más famosos del mundo, Cowper tuvo una premonición de desastre inminente. Preso de delirio y terror, no volvió a poner su pie en la iglesia de Olney. Comenzaron las alucinaciones y una pesadilla recurrente en la que oía la voz de Dios que le decía: Actum est de te, periiste, que él interpretó como «Se acabó contigo, pereciste».
Durante el largo período de su lenta convalecencia, Cowper pasaba los días cultivando su huerto y cuidando de los pequeños animales que la gente del pueblo le iba llevando: liebres, conejos, urracas y arrendajos en cuya compañía se entretenía. Cowper sonrió por primera vez, dieciséis meses después de la embestida de su última gran crisis, al echar de comer a las gallinas, según el testimonio de Newton.
Hay quien atribuye la melancolía de Cowper (y la de las Brontë) a la lacra del calvinismo, o a la morbosa obsesión religiosa que les privó de paz y arruinó su felicidad. Pero gracias a las vivencias de ellos el mundo es un lugar mejor. Cowper fue muy querido como poeta en su día y, de las hermanas Brontë, ¿qué os contaré? Cumbres borrascas y Jane Eyre reflejan, sin duda, los temores y deseos ocultos de sus autoras, pero han cautivado la imaginación de generaciones de lectores en el mundo entero.
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