por S. Stuart Park
Hemos mencionado dos episodios en la vida de Cowper que precipitaron profundas crisis emocionales y de fe: la oposición a secretario de la Cámara de los Lores, y su relación con Mrs. Unwin. Ambos se merecen una mirada de comprensión.
Su primera gran crisis se desató, como hemos tenido ocasión de recordar (
entrega 20 de este blog), cuando un primo suyo le sugirió la posibilidad de ocupar un puesto administrativo en la Cámara de los Lores cuyo titular estaba enfermo. El titular murió, el puesto quedó vacante, y le fue ofrecido a Cowper. Este hecho adquirió notoriedad y llegó a ser objeto de debate en la propia Cámara como caso de nepotismo.
Más allá de la publicidad negativa, incluso del hecho de tener que someterse a un examen público, un terrible pensamiento atormentó el espíritu del pobre William: si su éxito futuro dependía de la muerte del titular, ¿no había deseado, en secreto, el desenlace fatal, y no era, por tanto, culpable de su muerte? La idea le aterraba.
La segunda gran crisis surgió de su amistad con la atractiva viuda Mrs. Unwin (
entrega 21 de este blog), motivo de comentarios entre sus conciudadanos. El Sr. Newton no hizo caso a estos, como sería de esperar, pero William no pudo superar el trauma de ser sospechoso de una relación ilícita, y no volvió a la iglesia de Olney jamás. ¿Por qué reaccionó así? Solo podemos especular.
Una mezcla de sentimientos anidaron en el corazón de Cowper, es de suponer: por un lado, su cariño y admiración por Mary Unwin, y el disfrute de su amistad; por otro, el temor a una relación inapropiada, según los dictados de su conciencia. De este modo, un don precioso de Dios se convirtió para William en tormento y desesperación.
Así es como la fe incide en temperamentos tan dispares, respetables ambos, cuyas vivencias se vieron plasmadas en una himnodia que forma un contraste aleccionador.
El sitio apartado, la sombra tranquila,
Convienen al canto de ruego y loor;
Tu mano bondadosa los hizo sin duda,
En bien del que humilde te sigue Señor.
Allí, si tu Espíritu inspira a mi calma,
Y llega la gracia mi pecho a tocar,
Con paz, con amor y con gozo podría
Ardiente tributo a mi Dios elevar.
En los versos de William Cowper hay anhelo, no exento de temor. No así en John Newton, donde solo hay regocijo y celebración:
Sublime gracia del Señor
Que a un infeliz salvó
Fui ciego mas hoy veo yo
Perdido y Él me hallo
Su gracia me enseñó a temer
Mis dudas ahuyentó
Oh cuán precioso fue a mi ser
Cuando él me transformó.
El Señor conoce las intenciones del corazón y, en cuanto a la fe, «
no quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humea».