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«LA FE DEL CARBONERO».       

      La conciencia herida
            La fe del carbonero (25)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 22 de Noviembre de 2019

Árbol azotado por el viento
 

Lo sorprendente de la historia de Job es que se trata de un hombre con una fuerza de voluntad férrea, de una integridad moral intachable y de una espiritualidad transparente que, sin embargo, a punto estuvo de sucumbir al desespero más absoluto y desconfiar de manera radical de un Dios en quien, aun así, «creyó en esperanza contra esperanza» en palabras de Pablo referidas a otro gigante de la fe llevado a los límites de lo humanamente soportable (Romanos 4:18). He aquí el testimonio de Dios mismo respecto de Job: «no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (1:8).

Desde su postración Job pasó revista a su vida en términos que encuentran eco en la cima ética y moral del Sermón del Monte, y en el amor y entrega del propio Salvador:
¡Quién me volviese como en los meses pasados,
Como en los días en que Dios me guardaba,
Cuando hacía resplandecer sobre mi cabeza su lámpara,
A cuya luz yo caminaba en la oscuridad;
Como fui en los días de mi juventud,
Cuando el favor de Dios velaba sobre mi tienda;
Cuando aún estaba conmigo el Omnipotente,
Y mis hijos alrededor de mí;
Cunado lavaba yo mis pasos con leche,
Y la piedra me derramaba ríos de aceite!
(…)
Los oídos que me oían me llamaban bienaventurado,
Y los ojos que me veían me daban testimonio,
Porque yo libraba al pobre que clamaba,
Y al huérfano que carecía de ayudador.
La bendición del que se iba a perder venía sobre mí,
Y al corazón de la viuda yo daba alegría.
Me vestía de justicia, y ella me cubría;
Como manto y diadema era mi rectitud.
Yo era ojos al ciego,
Y pies al cojo.
A los menesterosos era padre,
Y de la causa que no entendía, me informaba con diligencia;
Y quebrantaba los colmillos del inicuo,
Y de sus dientes hacía soltar la presa
(…)
Me oían, y esperaban,
Y callaban a mi consejo.
Tras mi palabra no replicaban,
Y mi razón destilaba sobre ellos.
Me esperaban como a la lluvia,
Y abrían su boca como a la lluvia tardía.
Si me reía con ellos, no lo creían;
Y no abatían la luz de mi rostro.
Calificaba yo el camino de ellos, y me sentaba entre ellos como el jefe;
Y moraba como rey en el ejército,
Como el que consuela a los que lloran.
(29:2-5, 11-17, 21-25).

Los amigos de Job –faltaría más– achacaron sus palabras a la soberbia y arrogancia de un hombre inicuo, ya que si Job sufre es por sus pecados, y ¡que deje de blasfemar contra Dios! Su acusación era falsa, por supuesto, como Dios mismo ratificó (42:7).

Este no es el sitio para entrar en detalle en el asombroso libro de Job, tan solo añadir que cuando la conciencia malherida ruge, se apaga la voz queda y apacible del Señor, y si un hombre como Job se sintió abandonado por Dios, ¿es de extrañar que el pobre Cowper, o Anne Brontë, o cualquier otro creyente, pase por aguas profundas también? Conviene preguntarnos por qué.


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