por S. Stuart Park
Lo sorprendente de la historia de Job es que se trata de un hombre con una fuerza de voluntad férrea, de una integridad moral intachable y de una espiritualidad transparente que, sin embargo, a punto estuvo de sucumbir al desespero más absoluto y desconfiar de manera radical de un Dios en quien, aun así, «
creyó en esperanza contra esperanza» en palabras de Pablo referidas a otro gigante de la fe llevado a los límites de lo humanamente soportable (Romanos 4:18). He aquí el testimonio de Dios mismo respecto de Job: «
no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (1:8).
Desde su postración Job pasó revista a su vida en términos que encuentran eco en la cima ética y moral del Sermón del Monte, y en el amor y entrega del propio Salvador:
¡Quién me volviese como en los meses pasados,
Como en los días en que Dios me guardaba,
Cuando hacía resplandecer sobre mi cabeza su lámpara,
A cuya luz yo caminaba en la oscuridad;
Como fui en los días de mi juventud,
Cuando el favor de Dios velaba sobre mi tienda;
Cuando aún estaba conmigo el Omnipotente,
Y mis hijos alrededor de mí;
Cunado lavaba yo mis pasos con leche,
Y la piedra me derramaba ríos de aceite!
(…)
Los oídos que me oían me llamaban bienaventurado,
Y los ojos que me veían me daban testimonio,
Porque yo libraba al pobre que clamaba,
Y al huérfano que carecía de ayudador.
La bendición del que se iba a perder venía sobre mí,
Y al corazón de la viuda yo daba alegría.
Me vestía de justicia, y ella me cubría;
Como manto y diadema era mi rectitud.
Yo era ojos al ciego,
Y pies al cojo.
A los menesterosos era padre,
Y de la causa que no entendía, me informaba con diligencia;
Y quebrantaba los colmillos del inicuo,
Y de sus dientes hacía soltar la presa
(…)
Me oían, y esperaban,
Y callaban a mi consejo.
Tras mi palabra no replicaban,
Y mi razón destilaba sobre ellos.
Me esperaban como a la lluvia,
Y abrían su boca como a la lluvia tardía.
Si me reía con ellos, no lo creían;
Y no abatían la luz de mi rostro.
Calificaba yo el camino de ellos, y me sentaba entre ellos como el jefe;
Y moraba como rey en el ejército,
Como el que consuela a los que lloran.
(29:2-5, 11-17, 21-25).
Los amigos de Job –faltaría más– achacaron sus palabras a la soberbia y arrogancia de un hombre inicuo, ya que si Job sufre es por sus pecados, y ¡que deje de blasfemar contra Dios! Su acusación era falsa, por supuesto, como Dios mismo ratificó (42:7).
Este no es el sitio para entrar en detalle en el asombroso libro de Job, tan solo añadir que cuando la conciencia malherida ruge, se apaga la voz queda y apacible del Señor, y si un hombre como Job se sintió abandonado por Dios, ¿es de extrañar que el pobre Cowper, o Anne Brontë, o cualquier otro creyente, pase por aguas profundas también? Conviene preguntarnos por qué.