por S. Stuart Park
Cuando se impone el pesado yugo de un legalismo inmisericorde sobre un temperamento sensible y temeroso de Dios, la quiebra del espíritu puede tener consecuencias irreparables, y la concepción dictatorial de un Dios airado y justiciero ha arrastrado a no pocas almas al borde del suicidio. Si esta imagen negativa de Dios es ligada a la doctrina calvinista de la predestinación, el efecto puede ser devastador.
Encontramos un caso ilustrativo en la figura del erudito teólogo y predicador puritano Jonathan Edwards (1703-1758). Alumno de Yale a los trece años y, con el tiempo Presidente de Princeton, dos de las instituciones académicas más prestigiosas del mundo, Edwards se interesó de muy joven por la ciencia natural y escribió apuntes sobre la teoría atómica, la filosofía natural y mental, y elaboró para sí mismo las reglas para su composición. Influenciado por John Locke, Isaac Newton y otras figuras de la Ilustración, sus raíces se hundían, sin embargo, en la teología Reformada, la metafísica del determinismo teológico y la herencia puritana.
Protagonista del primer ‘
Gran Despertar’ en Nueva Inglaterra en 1730, que en los años siguientes se propagó como el fuego por las 13 Colonias y la propia Inglaterra, Edwards predicó con énfasis en el concepto de la elección, por el que Dios extiende su gracia a quien quiere, y priva de ella a quien quiere. Esta doctrina llenó a Edwards de dulce paz, ya que se contaba a sí mismo entre los elegidos, pero muchos de sus oyentes se hundieron en la desesperación al creerse perdidos, y hubo incidencias de suicido en su congregación, incluyendo un tío suyo. Finalmente Edwards fue apartado del púlpito de su iglesia en Northampton, en Massachusetts.
La reputación de Edwards se sustenta en su erudición científica, su piedad personal, y su amor por la Palabra de Dios, pero ¡ay de quienes se sentían, o se sienten, pecadores alejados de Dios y sin la seguridad de pertenecer a la Elección!
Tras la pérdida de Mrs. Unwin, y un año antes de su propia muerte, en 1799 William Cowper escribió un poema desgarrador titulado ‘
El náufrago’, basado en un reportaje que había leído sobre un marinero que cayó al mar en medio de una tempestad, sin que nadie le pudiera salvar. En la última estrofa, el poeta se identifica con los gritos desesperados del náufrago perdido:
Ninguna voz divina disipó la tormenta,
Ni luz alguna brilló;
Cuando, alejados de la salvación,
Perecimos, a solas, los dos:
Pero yo, bajo un mar más proceloso,
Y en un abismo más profundo que él.
Este es el poema que hizo llorar a Anne Brontë (1820-1849), y no es difícil adivinar por qué. Escribió un poema tras la muerte de Cowper en el que confiesa haber leído su ‘
Naufrago’ muchas veces entre lágrimas silenciosas. Termina su homenaje así:
Si tus miedos más oscuros fueran ciertos,
Si el cielo es tan severo,
Que un alma como la tuya se pierda.
¡Oh! ¿Cómo apareceré?
Sí, querido lector, querida lectora, es como para llorar, a solas, en la oscuridad.