por S. Stuart Park
No hay fin de hacer muchos libros –dijo el sabio Qohélet (Eclesiastés 12:12)–, y la mayoría de ellos son perfectamente prescindibles, como vino a constatar el políglota George Steiner en su denuncia de la proliferación descontrolada del comentario en el mundo académico (Real Presences, 1989):
El comentario no tiene fin. En los mundos del discurso interpretativo y crítico, el libro, como hemos visto, engendra libro, el ensayo engendra ensayo, el artículo engendra artículo. Los mecanismos de la interminabilidad son los de la langosta. La monografía se alimenta de la monografía, la visión de la revisión. El texto primario es sólo la fuente remota de la revisión exegética autónoma.
El Señor Jesús, en los días de su vida terrenal, previno a los suyos de no emplear «
vanas repeticiones» en sus oraciones, «
como los gentiles» –dijo–, dándonos un maravilloso ejemplo de concisión verbal en el ‘
Padrenuestro’ que expresa, sin embargo, un horizonte ilimitado de verdad teológica y de realismo espiritual. Al hacerlo, señaló, de paso, una característica del genio hebreo, su empleo de una concisión literaria que se refleja en toda la Escritura.
Los autores bíblicos se expresan de manera escueta, sin prodigarse en el análisis psicológico de sus personajes o el enjuiciamiento moral de sus acciones. Esta aparente ingenuidad forma parte de un concepto de economía verbal único en el mundo, una tradición que llega a su máxima expresión en los relatos evangélicos que registran la vida, pasión y muerte de Cristo.
Los evangelistas son maestros consumados de
la palabra suficiente y tejen su material con esmero. No pierden de vista el contexto más amplio de la Escritura –que citan con asiduidad– y los silencios que genera su narración son suplidos por otros textos, próximos o lejanos en el tiempo, que evocan. El cuarto evangelista remarca este fenómeno en el texto enigmático con el que cierra su propio registro de las señales que hizo Jesús:
Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir. Amén (Jn. 21:25).
Los narradores bíblicos no son dados a la hipérbole, y menos autores como Juan y, en efecto, las bibliotecas del mundo se llenarían si cada cosa que Jesús hizo y cada palabra que dijo hubieran sido registradas por todos los que le vieron y oyeron. Por ello, el que la vida y obras del Señor que tenemos en forma escrita quepan en un tomo muy delgado supone un milagro de concisión.
Este hecho nos salva, porque si tuviéramos que recorrer los kilómetros de estanterías de las grandes bibliotecas para conocer las señales que hizo Jesús y las cosas que dijo, no sabríamos por dónde empezar, ni acabaríamos nunca.
Volvemos al valioso testimonio de Juan:
Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre. (20:30-31).
He aquí el propósito declarado de la Escritura: nuestra salvación. No entorpezcamos el mensaje de la Biblia con interminables elucubraciones y especulaciones sin límite. Tomamos buena nota. De ahí el breve formato de este pequeño blog.