por S. Stuart Park
George Steiner nació en 1929 de padres judíos vieneses en París, donde la familia se había trasladado en 1920 por temor al creciente ambiente antisemita en Austria. En 1940 se trasladaron de nuevo, esta vez a Nueva York, poco antes de que las tropas alemanas entrasen en la ciudad.
Profesor, filósofo, crítico y teórico de la literatura y de la cultura, Steiner es autor de numerosos ensayos sobre la teoría del lenguaje y la traducción, y sobre la filosofía de la educación. Escritor políglota, traductor en francés, alemán, inglés, italiano, griego y latín, ha sido definido como el perfecto hombre renacentista tardío. Steiner ha ocupado puestos docentes en Harvard, Princeton, Yale, Oxford, Cambridge y Ginebra; y es doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca, entre otras.
Hemos tomado buena nota de su denuncia de la proliferación de literatura ‘secundaria’, que se alimenta de comentarios de otros comentarios, dejando de lado la fuente primaria del texto original. Steiner dirige nuestra atención ahora a la capacidad ilimitada del lenguaje para «
decir cualquier cosa sobre cualquier cosa», un hecho que «
raras veces nos detenemos a considerar».
«Todos los demás instrumentos humanos y capacidades performativas tienen sus limitaciones... Sólo el lenguaje no conoce ninguna finalidad conceptual, ninguna finalidad proyectiva. Tenemos la libertad de decir cualquier cosa, de decir lo que queramos sobre cualquier cosa, sobre todo y sobre nada.... Ninguna restricción gramatical profunda (si es que se puede demostrar que existe) abroga la ubicuidad anárquica de un discurso posible».
Esta capacidad infinita del lenguaje de decir y desdecir, afirmar y negar, mentir y pronunciar verdades sin solución de continuidad, implica un compromiso moral ineludible en el empleo de las palabras, un hecho que corrobora sucintamente el sabio Qohélet:
«Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal. No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras. (…) Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes. Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas» (Eclesiastés 5:1-2, 4-5).
La palabra puede crear, y puede destruir. Steiner recuerda que el empleo de la pequeña palabra ‘no’ en la frase ‘no te quiero’ puede romper un corazón y arruinar una vida.
«En las palabras, como en la física de partículas, hay materia y anti-materia. Hay construcción y aniquilación. Los padres y los hijos, los hombres y las mujeres, cuando intercambian palabras, corren un gran riesgo. Una palabra puede paralizar una relación humana, puede estropear una esperanza. Sin embargo, el instrumento idéntico, léxico, sintáctico, semántico, es el de la revelación, del éxtasis, de la maravilla de la comprensión que es la comunión».
El empleo de las palabras bellas y veraces nos dignifica. De nuevo Qohélet:
«Y cuanto más sabio fue el Predicador, tanto más enseñó sabiduría al pueblo; e hizo escuchar, e hizo escudriñar, y compuso muchos proverbios. Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escribir rectamente palabras de verdad» (Eclesiastés 12:9-10).
A más no se puede aspirar; con menos no nos debemos conformar.