por S. Stuart Park
Antes de entrar en el mundo del pequeño pájaro que ha inspirado, sin saberlo, la cabecera de estas reflexiones, conviene volver a la expresión popular que pretende retratar una fe sencilla –que puede ser sincera, o por el contrario, meramente superficial–, para preguntarnos: ¿Por qué se elige el oficio de carbonero para retratar este tipo de religiosidad?
Allá por los primeros años de la década de los 60, antes de ir a la universidad, vivía con mis padres en una casa adosada de ladrillo rojo típica del condado de Lancashire en el norte del país. Preston, mi ciudad natal, fue cuna de la revolución industrial, que hizo muy ricos a unos pocos pero condenó a muchos a vivir en la pobreza. Nuestra casa carecía de WC interior, y había que cruzar un pequeño patio exterior para acceder a él, lloviera o hiciera frío, y el norte de Inglaterra no es conocido por una climatología benigna, precisamente. Cada dos meses, en invierno, llamaba a la puerta trasera que daba acceso al patio un señor fornido, de poca conversación, las manos y el rostro ennegrecidos y con la parte superior de su cuerpo protegida por un tipo de funda de cuero, llevando sobre su encorvada espalda un pesado saco de carbón.
No sé si aquel señor era un hombre de fe, o no, pero mi padre lo era, aunque no tenía estudios formales y se había puesto a trabajar a los 14 años. (De él he hablado en mi libro autobiográfico
La palabra suficiente). Compensaba su falta de formación académica con la lectura de su Biblia y de libros de teología, además del Lancashire Evening Post, el periódico vespertino local cuyas esquelas le entretenían, aunque no sé muy bien por qué. Leía sentado en su sillón junto a la lumbre que calentaba el salón merced al oficio del «hombre del carbón».
Menciono esto porque la llamada fe del carbonero podría dar la impresión de que alguien sin letras solo puede aspirar a un nivel de entendimiento espiritual pobre o limitado. Y esto no es cierto. Recuérdese que la mayoría de los discípulos del Señor eran pescadores, hombres «sin letras, y del vulgo», y que el propio Jesús de Nazaret fue tildado despectivamente en su día de «hijo de carpintero».
Estos prejuicios han perdurado. Los reformadores aspiraban a poner la Biblia en manos de cualquier «mozo de labranza», mientras que el inquisidor Melchor Cano (1509-1560) denunció el hecho nocivo de llevar la lectura de la Biblia «a mujeres de carpinteros», sin recordar que la Virgen Madre del Señor lo era, y que en su
Magníficat mostró un conocimiento espiritual superior.
Escribió S. Pablo que las sagradas Escrituras nos pueden hacer «sabios para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús», y en algunas cosas el pequeño
Parus major es más inteligente que algunos doctores de la ley. A él volveremos sin demora en nuestra próxima entrega.