Divinas Palabras La fe del carbonero (29)
por S. Stuart Park Valladolid, 20 de Diciembre de 2019
 |
Molinos de viento |
«Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz» (Gn. 1:3).
Todo empezó con la Palabra: «En el principio era el Verbo (Logos), y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn. 1:1). El Logos divino creó los cielos y la tierra, y todo lo que en ellos hay: «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» (Jn. 1:3-5). Pablo amplía la lectura cristológica que hace Juan de Génesis en su propia presentación de Cristo: «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él» (Colosenses 1:15-16).
Y el anónimo autor de Hebreos resume, sucintamente, el misterio de la Creación con palabras tan sencillas como concluyentes: «Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía» (11:1), es decir, que el Universo fue creado ex nihilo, tal como parece atestiguar la teoría conocida como el ‘Big Bang’, que dio origen al cosmos, con este caveat crucial: no se puede demostrar, ni negar, el origen divino del Universo: pertenece al ámbito de la fe.
Hasta aquí un ‘credo’ conocido y aceptado por la mayoría de los creyentes, sin el cual no parece posible acceder al misterio supremo de la fe: la Encarnación del Verbo divino, Jesucristo nuestro Salvador. De nuevo Juan: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad» (1:14).
«Lleno de gracia y de verdad». Juan destaca en primer lugar las palabras de Cristo, reveladoras como son del carácter de su Padre. De ello dieron fe sus paisanos en la sinagoga de Nazaret «maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca» (Lc. 4:22), y este es el aspecto que proponemos explorar.
Es claro que sin las palabras registradas en la Escritura no podemos acceder a ninguna de las señales que hizo Jesús, ni conocer su enseñanza, ni comprender el significado de su Obra de Redención. Y sin el Logos no habría lógica, ni discurso racional, ni revelación.
Después de Van Gogh no podemos contemplar un campo de girasoles sin guardar en la retina las obras de aquel excéntrico pintor, y después del Quijote es imposible ver los molinos de viento de la Mancha sin recordar a Cervantes, su genial creador.
El Logos es el Sol hacia el que giran todos los signos que conforman el lenguaje humano, y las palabras de Dios generan en el alma vida verdadera y luz. Sin su anclaje divino nuestras palabras serían meras vibraciones en el aire, o tan solo manchas de tinta en el papel.
Lecturas de este Artículo: 1404
| Si desea participar con su opinión sobre los Artículos del Blog, debe registrarse como usuario. Gracias. |
|