La construcción verbal La fe del carbonero (30)
por S. Stuart Park Valladolid, 27 de Diciembre de 2019
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Caballero andante |
«La construcción de lo verbal es, por lo que sabemos, única y esencialmente humana» (Steiner). La cuestión que surge es, si las palabras que hablamos, escribimos o pensamos poseen trascendencia, o si al poner punto final a una construcción verbal, las palabras se pierden como meras vibraciones acústicas en el aire, o terminan tan solo como manchas de tinta en el papel. El asunto, en el fondo, es teológico, en el sentido más amplio de la palabra.
El sentido común afirma que sí, que las palabras van más allá del mero intercambio lingüístico, que están imbuidas de significado propio, que trascienden la realidad circundante, pero el influyente movimiento filosófico liderado por Jacques Derrida (1930-2004) conocido por su estrategia de deconstrucción, nos dice que no, que no hay nada en lo que decimos. Su doctrina va en contra de lo que todos los grandes artesanos de la palabra han pensado y escrito, y va en contra de la razón.
Pongamos por caso la creación literaria. El poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998) escribió: «La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar el mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación espiritual. La poesía revela este mundo; crea otro». Luego añade: «ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!» (El arco y la lira).
La obra literaria se define en función de su relación peculiar con el mundo. Está firmemente en el mundo; sin duda es del mundo; pero goza de un estatuto especial, y su modo de ser y estar en el mundo es ambivalente. Se nutre de los fenómenos, conceptos y sentimientos de la realidad circundante, pero su estructura es centrípeta, es decir, que su centro de gravedad es interior e invita al lector a entrar en un mundo creado tan solo por el tejido (texto) de las palabras.
Nada en la poesía es real; todo en la poesía va más allá de la pobre realidad del mundo. Sus mesas sirven para comer, sus casas son habitables, pero sus casas y sus mesas significan siempre otra cosa también. Los molinos de viento de La Mancha dejaron de ser solo eso desde que el Caballero de la Triste Figura tomó su lanza y arremetió con furia contra ellos.
La poesía invita a franquear un umbral, a penetrar en un jardín, a emprender un viaje, a asombrarse en un país de maravillas o someterse a un reino de terror. La obra literaria, «caracol donde suenan los ecos de la música universal» (O. Paz), devuelve al lector a la rutina cotidiana con una nueva visión, con más fina audición. La poesía, en suma, «recrea el mundo».
La Biblia, con su narrativa y su poesía, parábola y profecía, historia y precepto, representa la cima de la creación literaria. Toda gran obra es estéticamente bella y propone una reflexión profunda acerca de las incógnitas de la condición humana. No es extraño, pues, que la Biblia haya influido más que ningún otro libro en la literatura universal.
Conviene plantear, por tanto, una pregunta radical. ¿Existe el Logos divino, o se trata tan solo de palabras, de un juego de espejos, de una quimera? ¿Qué relación tiene la literatura bíblica con el mundo? Y, ¿qué tiene que ver la Biblia con nosotros, hoy?
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