El arco y la lira. La fe del carbonero (32)
por S. Stuart Park Valladolid, 10 de Enero de 2020
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Rosas rojas |
La rosa poética se alimenta de la imaginación, se encuentra en el jardín de los ensueños, y su fragancia es estética y espiritual.
La poesía, como en los versos de Machado, emplea recursos como ritmo, rima y cadencia para crear la dinámica centrípeta de la lira (por aprovechar la metáfora de Octavio Paz). En la novela, por contra, predominan trama, suspense, aparición, reaparición, etc., para establecer su laberíntico mundo interior; de ahí lo envolvente de su lectura, la absorción de la lectora enfrascada en la lectura de su libro.
El orden de palabras no literario, en cambio, va al grano, reduce al mínimo la distancia entre lenguaje y objeto, es claro, unívoco (o pretende serlo) y susceptible de verificación objetiva. Es el arco que dispara la flecha hacia el blanco.
Al mismo tiempo, y no obstante la estructura centrípeta de la poesía o la novela, la obra literaria, para que sea inteligible, establece una relación de mutua referencia con el mundo exterior, y desde sus orígenes la literatura (a diferencia de la música) ha sido fundamentalmente mimética. El aspecto referencial (centrífugo) es por tanto inevitable en la obra literaria, si bien queda supeditado, absorbido por la función poética.
El aspecto mimético es, por tanto, un principio organizativo, estructural. La poesía imita la realidad mediante una red referencial que teje nuevos sentidos, y la mimesis poética es inseparable de la metáfora: sus contenidos son indirectos, y genera una multiplicidad de significados.
Todo lo cual es radicalmente rechazado por la deconstrucción.
Para Derrida, toda escritura, literaria o no, participa de una realidad fatal; no puede haber nunca una relación directa con el concepto, con el significado, con el logos, ni siquiera podemos hablar de una relación indirecta sin caer en la trampa del discurso ‘logocéntrico’. En palabras de un estudioso de la obra de Derrida, «la deconstrucción supone el abandono –sin nostalgia– del origen… de la muerte de la metáfora, y de la filosofía». Para Steiner, se trata de bailar delante el arca, a sabiendas de que el arca está vacía.
La deconstrucción desafía al sentido común, pero si Dios no existe –y el ataque al Logos es fundamentalmente ateo–, Derrida tiene razón (si se puede hablar de razón en un mundo sin la presencia del logos), y la Biblia se convierte en el blanco último de su esfuerzo programático.
«He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo» (Apocalipsis 3:20).
¿Qué entidad poseen estas palabras del Señor? Son poéticas: emplean una bella metáfora tomada de la vida real; pero invitan a franquear un umbral vital, a entrar en una verdadera relación espiritual.
¿Hay alguien al otro lado de la puerta? El desafío es total. En un sentido, la postura derridiana es irrefutable, y si no queremos entrar en un bucle sin salida, será necesario considerar el estatus de la Escritura sagrada, con su poderosa narrativa e inigualable poesía, para conocer la naturaleza de la Voz que habla, y nos invita a recibir a Cristo.
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