por S. Stuart Park
Estas palabras de Jesús dejaron una huella indeleble en mi imaginación desde muy temprana edad, y recuerdo cómo, invitaba al Señor Jesús a entrar en mi corazón, por la noche, en la cama, antes de quedar dormido. La noche siguiente me entró la duda de si mi oración había sido lo bastante sincera, o pronunciada con énfasis suficiente, así que la repetí una y otra vez, y así hice noche tras noche durante mucho tiempo. Tenía cuatro o cinco años a la sazón.
He leído después que aquel tipo de oración no es válido, y que las palabras de Jesús están sacadas de contexto y por lo tanto no aplicables a alguien como yo, pero tengo claro ahora que el Señor no necesitó que apretara mis dientes, o que me agarrase a la almohada implorando su presencia en busca de la intensidad necesaria, o el grado de seriedad imprescindible, para que entrase en mi corazón tal como indica el texto citado arriba. No sé si mi oración era inválida o no, pero sí sé que he sentido la presencia de Cristo en mi vida desde que tengo uso de la razón.
Me conforta la invitación entrañable del Señor, pese al escepticismo de sus discípulos quienes, al ver que unas madres querían llevar a sus niños para que los bendijera Jesús, intentaron disuadirlas en su empeño: «
Pero Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos» (Mt. 19:14).
Tan sencilla es la fe, y tan acogedor es el Señor, atento a la oración más simple musitada en la intimidad, que no necesita más para extendernos su comunión y darnos entrada en su reino, y lo que es válido para un niño lo es también para cualquiera. Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón.
«Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo» (Romanos 10:8-13).
El artista prerrafaelita William Holman Hunt (1827-1910) pintó un hermoso cuadro titulado
La Luz del Mundo, que se puede ver en la catedral de San Pablo en Londres. El cuadro representa la figura de Jesús que sostiene una lámpara en su mano y se dispone a llamar a una puerta cubierta de hiedras y largamente cerrada. La puerta no tiene picaporte por fuera y, por lo tanto, sólo puede abrirse desde dentro. Holman Hunt pintó el cuadro para ilustrar el texto de Apocalipsis 3:20 citado arriba.
¿Hay alguien al otro lado de la puerta? –nos hemos preguntado–. Descubrí que sí, que si oímos su voz, y abrimos la puerta, él entrará en nuestra vida, y estará con nosotros para siempre.