Emaús. La fe del carbonero (35)
por S. Stuart Park Valladolid, 31 de Enero de 2020
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Caravaggio, Rubens y Rembrandt |
Casi 70 años después de mis primeros pasos infantiles en la fe de Cristo, otra estampa ha cautivado mi imaginación, la de la cena en Emaús relatada por S. Lucas, cuando el Señor resucitado partió pan en casa de dos de sus discípulos tres días después de su muerte en la cruz. La escena, que ha sido retratada por grandes pintores como Caravaggio (1571-1610), Rubens (1577-1640) y Rembrandt (1606-1669), ilustra la manera en que Cristo acepta entrar en nuestra casa. Su importancia es crucial.
La historia es bien conocida. Lucas relata (24:13-35) cómo Jesús se acercó a los dos caminantes mientras volvían de Jerusalén a la aldea de Emaús –una distancia de «sesenta estadios», la misma que separa la ciudad de Valladolid del vecino pueblo de Simancas–, consternados por las cosas que habían acaecido en la capital. Jesús se unió a ellos de incognito, «en otra forma» al decir de Marcos (16:12), ya que «los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen».
Cleofás y su acompañante (su esposa, tal vez) no ocultaron el motivo de su tristeza, y contaron al Forastero cómo los principales sacerdotes y sus gobernantes habían entregado a sentencia de muerte a «Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo… Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel» –dijeron– «y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido».
Todo hace pensar que los dos vecinos de Emaús conocían bien la historia del Nazareno: quizás habían oído personalmente sus palabras o habían sido testigos de alguna de sus poderosas obras, y el anuncio de su muerte y resurrección al tercer día, reiterado por el propio Maestro en más de una ocasión, tal vez no les era desconocido. Aun así, creyeron que con su muerte en en la cruz todo había terminado, y que sus esperanzas de redención se habían desvanecido… aunque algunas mujeres «habían visto visiones de ángeles –añadieron– quienes dijeron que él vive».
¡Qué torpes eran! Si hubiesen entendido la Escritura, habrían conocido que «era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria». Así que «comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían». Y así fue cómo el Señor desveló ante sus ojos mientras caminaban el programa del Mesías, largamente profetizado desde tiempos antiguos, cumplido ahora en la persona de Jesús.
Al llegar a la casa de ellos en Emaús, Jesús se despidió de ellos, e «hizo como que iba más lejos». Lucas narra con la concisión que le caracteriza un momento trascendental: «Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos». Así es como se comporta el divino Salvador, que no fuerza nuestra voluntad, ni ejerce coacción.
Una versión de la fe cristiana ha determinado que Dios es quien nos obliga a nosotros a abrir la puerta de nuestras vidas, sin que tengamos en ello ni voz ni voto. Pero no es así. Conviene recordar de nuevo las palabras de Jesús: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo». Él toma la iniciativa de acercarse a nuestra puerta; nos toca a nosotros invitarle a pasar.
A la historia de Emaús volveremos en nuestra próxima reflexión.
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