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«LA FE DEL CARBONERO».       

      La revelación de Cristo.
            La fe del carbonero (36)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 07 de Febrero de 2020

Un pan rústico
 

Resulta llamativo el hecho de que Jesús no declaró a los discípulos de Emaús ni antes, ni durante, ni después de unirse a ellos en el camino, que él era el Cristo del que hablan las Escrituras, y cuando se dio a conocer al partir el pan, desapareció de su vista. La razón no es difícil de encontrar. El gesto de partir el pan caracterizó la presencia física de Jesús en el mundo, y sirvió de prueba de su identidad. Nosotros somos llamados a creer sin haber visto (Jn. 20:31), y son las Escrituras las que nos revelan a Cristo.

La voz de Cristo nos llega a través de las Escrituras, y el magisterio de Jesús en el camino de Emaús revela las claves autorizadas para entender la Palabra de Dios, que de principio a fin revela a Cristo: «Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían». Escribió S. Pablo que ellas nos pueden hacer sabios para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús (2 Timoteo 3:15).

En una época dada al espectáculo y a la teatralidad, la lección es de importancia suprema. La excitación religiosa, precisión de lo maravilloso y ansiedad milagrera en un ambiente de credulidad, es característica de la espiritualidad popular de la que no se libra el mundo evangélico hoy. «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» escribió Pablo (1 Corintios 1:23); y aunque unos buscan sabiduría y otros reclaman señales, el mensaje cristocéntrico es «poder de Dios y sabiduría de Dios», y no hay otro en el mundo.

He mencionado en una entrega anterior el efecto sanador que tuvo en mí el descubrimiento del libro de Job. Al margen de su tensa dialéctica y poderosa poesía, la angustia de aquel varón «perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal» solo encuentra eco en la persona de Jesús, y la «paciencia» de Job halla su cumplimiento solo en el padecimiento de Cristo. No sabemos si el Señor habló de Job en el camino de Emaús, pero bien pudo hacerlo, y tal vez recordó aquellas palabras sublimes que atestiguaron la inquebrantable fe del patriarca en medio de su sufrimiento:

Yo sé que mi Redentor vive,
Y al fin se levantará sobre el polvo
Y después de deshecha esta mi piel,
En mi carne he de ver a Dios;
Al cual veré por mí mismo,
Y mis ojos lo verán, y no otro,
Aunque mi corazón desfallece dentro de mí.

(Job 19:25-27).

La lectura cristológica de Job no quita un ápice del drama profundo de aquel hombre de fe, sino que lo incrementa. Coloca a Job en compañía de todos los que han sufrido por causa de su fe, siendo el propio Señor quien padeció más que ningún otro la sensación de soledad absoluta y desahucio espiritual.

Hemos de «correr con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios» (Hebreos 12:1-2). Poner los ojos en Jesús significa verle en la Escritura, perla de gran precio y única fuente de revelación.


Emaús, revelación de Cristo,
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