por S. Stuart Park
Nuestro pequeño carbonero no razona, ni se dedica a la filosofía, ni tiene conciencia de su propia trascendencia, ni de la ajena –no está capacitado para ello–; pero es muy inteligente y tiene un sentido práctico de la vida encomiable.
En la época de cría los padres trabajan de sol a sol en la construcción del nido, cuidando de sus crías, avisándoles de peligros, cumpliendo sin complejos con su efímera vocación. Peligros hay, y muchos: gatos, roedores y aves rapaces constituyen una amenaza constante y resulta casi milagrosa su capacidad de supervivencia, siendo tan frágiles y vulnerables. Mi amigo el escritor José Jiménez Lozano (Premio Cervantes 2002) evocó este trance en un poema memorable (Pájaros 2000):
Hoy ha pasado
La sombra de un halcón por mi ventana,
Persiguiendo a un pajarillo volandero;
Y he amparado a éste, pero
¡qué sombra tan terrible han visto
Estos pequeño, redondos ojos, tan hermosos!
Yo también le he visto, hermano pájaro.
«¡Hermano pájaro!» Y lo es. Pertenece a la misma Creación que nosotros, ocupa un lugar insustituible en el ecosistema, aporta belleza y placer a nuestra rutinaria y azarosa vida. Le debemos nuestro cariño, y nuestra protección. (Este año una pareja de mirlos ha hecho su casa en nuestro jardín en Valladolid y, ¿hay algo más hermoso en el mundo que los huevos moteados de un pájaro pequeño en un nido?)
«¡Y he amparado a éste!» –confiesa el poeta amigo– pero el pequeño pajarillo volandero no lo sabe, y desconfiará de la mano salvadora durante el resto de sus días, al igual que mi carbonero asturiano atrapado entre la contraventana y el cristal. No es extraño, porque el hombre también ha hecho muchos males a los pájaros, y lo saben. Lean, si no, su denuncia formal. De nuevo el señor Jiménez Lozano, en su ‘Aviso de los pájaros a un Doctor amigo (Elegías menores, Valencia 2002):
Los señores pájaros, pinzones, mirlos y otros,
hicieron llegar en otoño de 1534, al Doctor Martín Lutero,
una denuncia, y queja, acerca de que Wolfgang Sieberger, su fámulo,
había comprado redes para cuando ellos, los señores pájaros,
pasaran por Wittenberg. La queja
estaba fundamentada, y se argüía en ella
que esperaban que el Doctor Lutero convenciese a su criado
de que pusiera unos cuantos granos en el lugar de las redes,
y de que no apareciese por allí antes de las ocho ante meridiem:
y citaban a Mateo 6, 26. Mas los señores cuervos y los mirlos
añadían en un codicilo aparte su opinión firmísima
de que no hay hombre fiable, ni uno solo. Remitían
a Romanos 3, 10, y aseguraban
que ellos no se pondrán al alcance del hombre nunca, porque
Pablo tenía razón: ni uno solo justo. Y ellos eran,
Naturalmente, paulinos.
Pablo tenía razón, y los pájaros también, aunque pensándolo bien, nosotros podríamos enseñarles a ellos una pequeña lección, ya que la mano tan temida por el pequeño pajarillo volandero resultó ser salvadora, y recuerda la hermosa frase del profeta antiguo respecto del amor de Dios por su pueblo: «En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad» (Isaías 63:9).
¿Y nosotros? ¿No podemos vencer nuestra ancestral desconfianza hacia la mano salvadora de Dios? El asunto se complica, y mucho.