por S. Stuart Park
Son varios los motivos por los que aquel fervor no se mantuvo a lo largo de los años siguientes, ni se ha recuperado de la misma manera hasta hoy. En primer lugar, la Universidad de Madrid, adonde me trasladé en 1967 para iniciar una obra evangélica estudiantil, era otro mundo, muy alejado de los pacíficos
colleges de Cambridge, con sus cuidados jardines, sus edificios históricos y su tradición.
Madrid en 1967 era un hervidero de protesta política y represión policial, y los estudiantes mostraron escaso o nulo interés por el mensaje de la Biblia. En una de las confrontaciones que se producían casi a diario en el
campus central, un estudiante arrojó un crucifijo a los cuerpos de seguridad. Unos días después, aparecieron carteles en el centro de la ciudad con una imagen del crucifijo que yacía en el suelo frente a la entrada de la Facultad, bajo la leyenda:
¡Españoles ALERTA! ¡Profanación de la Universidad! Se convocó una misa especial de desagravio a la que asistieron ministros del gobierno, miembros del clero, y algunos estudiantes también.
Sin el apoyo de los creyentes amigos que nos reuníamos a diario para la oración, las exposiciones bíblicas de los sábados y los sermones evangelísticos de los domingos presenciados por cientos de estudiantes, nos sentíamos solos en un mundo de cargas policiales a caballo, con perros y cañones de agua. La libertad que perseguían los estudiantes madrileños nada tenía que ver con Jesucristo, y nos sentíamos aislados e irrelevantes.
Lo cierto es que para el estudiante universitario madrileño la cuestión no era si la Biblia era fiable, y si Jesucristo era la Verdad. Para el estudiante universitario madrileño, el asunto se complicaba por la complicidad de la Iglesia como institución con el régimen franquista, lo que produjo un rechazo hacia la religión en general.
No es difícil adivinar, por tanto, que el
modus operandi que había caracterizado mi testimonio cristiano en Cambridge se vio alterado, con el consiguiente estrés y deterioro de mi salud. En consecuencia se produjo la crisis personal que he relatado en
La palabra suficiente, y a la que he aludido en los blogs 19-25. La fuerte depresión que sufrí arruinó mi paz interior, mi ilusión y mi felicidad. Nunca he recuperado el mismo fervor, y toda confianza en mí mismo se desvaneció.
Por este motivo no he vuelto a emplear el mismo lenguaje en mis libros, y mi acercamiento a la fe se ha atemperado. Ya no emplearía la cita de Isaías 43:19 que encabezó mi carta de 1966 para describir la realidad espiritual presente. Su contexto es otro, y se refiere a la venida de Cristo.
Pero no todo se ha perdido, y en mi siguiente reflexión trataré de poner un poco de perspectiva a los eventos que han marcado mi camino. Para empezar, aquellos pequeños pasos en el inicio de una obra estudiantil en España contribuyeron al establecimiento de un movimiento, los Grupos Bíblicos Unidos, que celebró hace poco su 50 aniversario en presencia de cientos de estudiantes venidos de toda España. Los tiempos han cambiado, y el reto ahora es otro.