Un nuevo giro. La fe del carbonero (44)
por S. Stuart Park Valladolid, 03 de Abril de 2020
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Casa de Castile, NY |
La consecuencia más severa de la depresión que descendió como una densa niebla sobre mi vida fue la pérdida de cualquier sensación de paz interior o sentimiento espiritual. En 1971 mi esposa y yo nos trasladamos a Estados Unidos para alejarnos de un escenario que se había tornado oscuro y sin atisbo alguno de esperanza. Fuimos a vivir al pueblo donde se había criado Verna, Castile, un nombre premonitorio donde los haya, situado en una zona rural muy hermosa con verdes colinas ondulantes y grandes extensiones de cultivo de maíz.
Permanecimos allí durante nueve meses, alojados en un pequeño apartamento en la parte alta de una casa grande perteneciente a la adinerada familia Van Arsdale, sin pagar un alquiler a cambio de velar por el bienestar de la anciana Miss Belden, que residía en la planta principal. Realizamos trabajos eventuales, Verna con turnos de noche y día como enfermera en un centro geriátrico, mientras que yo hacía sustituciones en el instituto donde ella había estudiado, dando clases de francés y latín cuando me llamaban.
Durante toda aquella estancia en Castile la oscuridad que se había apoderado de mi vida me acompañaba de día y de noche, sin que nadie se diera cuenta ni pudiera imaginarse que aquel joven de aspecto tranquilo sufría en silencio las secuelas de una depresión. No transmitía al exterior ninguna sensación negativa y pude relacionarme con naturalidad con los familiares, vecinos y miembros de la iglesia local. Cuando no tenía trabajo, me distraía viendo deportes y era capaz de pasar horas a solas viendo partidos de bolos en blanco y negro en la televisión, mientras Verna trabajaba sus turnos.
El momento álgido de la semana para mí era el partido de fútbol americano que la cadena ABC transmitía los lunes a las nueve de la noche. Nos invitaba a verlo un buen vecino, que también cuidó de la madre de Verna cuando ya era muy mayor. Mientras tanto, el pastor de la iglesia bautista, el reverendo Robert W. Childs, conocedor de nuestra labor en España, me invitó en más de una ocasión a tomar la palabra en el culto dominical, lo que supuso una gran lucha ya que no tenía deseo alguno de hacerlo, ni me identificaba anímicamente con lo que decía. Subía al púlpito con temor y temblor, y bajaba después con una abrumadora sensación de falta de autenticidad. El texto bíblico tiene su propio poder, sin embargo, y durante la exposición sentía alivio y paz. A la congregación le hacía bien, al parecer, y los hermanos nos trataban con cariño.
Se inició así una etapa que ha durado hasta hoy, en la que aprendí a vivir por fe, sin poder apoyarme en los sentimientos, y creer en esperanza contra esperanza (Romanos 4:18) de que Dios no me había abandonado. Poco a poco, con el paso de los años el trauma de aquella experiencia se fue disipando, y comenzó una nueva etapa de descubrimiento de la riqueza de la Biblia, lo que dio un giro definitivo a mi vida.
Fruto de ello es, por extraño que parezca, este pequeño blog.
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