por S. Stuart Park
Durante los primeros meses de mi depresión, la lectura de la Biblia se me había hecho insoportable, e historias que me habían cautivado me infundían terror. Solo un pequeño rayo de luz iluminaba, de cuando en cuando, aquel intenso sufrimiento. En cualquier recodo del camino durante nuestros paseos por el campo nos salía al encuentro un pequeño petirrojo. Descubríamos sus nidos, observábamos su diminuta silueta y escuchábamos su poderoso canto desde lo alto de las ramas de un árbol.
Un día, el Dr. Angus Kinnear, un médico amigo, nos invitó a verle en Londres. Recuerdo el viaje en tren como una negra pesadilla. Nos alojamos en la casa de mi amigo Peter Wales. Su madre me dijo, a la hora de la merienda: «
Un petirrojo viene al jardín todos los días a comer las migajas después del té, y las tomará de tu mano si le dejas». Y así fue. El petirrojo subía de un brinco hasta la mesa y picoteaba las migajas de bizcocho sobre la palma de mi mano. Unas semanas después de aquella visita, volvimos a Londres. Allí estaba el petirrojo, como si nos estuviera esperando. «
No ha vuelto desde que te fuiste, hasta hoy», me dijo Mrs. Wales con una sonrisa. Supe más tarde que después de ese día no volvió nunca más.
¿Qué hubo entonces de aquel joven evangelista, organizador incansable de reuniones de oración, animador de los hermanos para vivir una vida entregada a Cristo? ¿Había sido una quimera? ¿Cuál era la realidad de mi confesión cristiana? Años después descubrí el libro de Job, como he relatado, y vi en el corazón de la Escritura la experiencia de un hombre íntegro que cayó víctima de un espejismo, la hostilidad de Dios. Mientras tanto, se trataba de aguantar, e intentar no preocupar o molestar a los demás.
Una vez instalado en Valladolid años después, leí un pequeño poema que he recordado y citado muchas veces, escrito por José Jiménez Lozano, que ha acudido a socorrerme en momentos de dificultad. Se titula ‘
El petirrojo’. Es uno de los poemas más bonitos que conozco:
Mas yo sólo recuerdo
haber sido asistido a veces,
de tarde en tarde, por un ángel:
un solitario petirrojo
que quizás tenía hambre
y añoranza, frío, quizás miedo,
que desde el seto volaba hasta el alféizar
de mi ventana, inquieto,
como si me trajera, clandestino,
su socorro.
(El tiempo de Eurídice).
He tenido ocasión de reflexionar acerca de los pájaros en
Las hijas del canto, y el bien que pueden hacer, como descubrió el profeta Elías, y el pobre William Cowper también, pero resulta evidente que la vida de fe requiere el alimento de la Palabra, y el lento proceso de retorno a la Biblia contó con dos hombres que, desde perspectivas distintas, aunque complementarias, marcaron el camino a seguir.
El primero fue el Dr. Gooding, que entendió al instante lo que me había sucedido, y cuya lectura cristocéntrica de la Escritura me ayudó a reenfocar las historias bíblicas; y el segundo fue el crítico canadiense Northrop Frye, que desde el mundo académico secular abrió mis ojos al estructuralismo bíblico. A ellos volveré.