por S. Stuart Park
He escrito con anterioridad acerca de mi amigo y mentor David Gooding, recientemente fallecido, un hombre de vasta erudición acompañada de un sentido del humor envidiable. En la reunión de acción de gracias por su vida celebrada en Belfast en noviembre del pasado año a la que pude asistir junto con mi esposa, entre las anécdotas que se contaron recordaré esta: preguntado qué es lo que le gustaría que figurara en su lápida bajo su nombre, contestó:
NOT HERE. En efecto, tuvo la mirada puesta en la eternidad, como «
viendo al Invisible».
Al mismo tiempo, DWG era un hombre inmensamente práctico, con los pies firmemente plantados en el suelo, dispuesto a ayudar a cualquiera persona en cualquier circunstancia de la vida, por complicada que fuese. Cuando fui a verle tras mi calamitosa caída en depresión, me aconsejó como si él mismo hubiese pasado por la misma experiencia. Me llevó a tirar piedras a una lata que flotaba cerca de la orilla en el lago de Belfast, y explicó que en el tipo de depresión que había sufrido a causa del agotamiento psicológico y mental, el
muelle que ancla las emociones en la racionalidad se había estirado hasta romperse, y que esta ruptura hace que las emociones, temores, imaginaciones y delirios carezcan del amarre de la razón.
Job describió así la interminable embestida de la irracionalidad:
Me quebrantó de quebranto en quebranto
Corrió contra mí como un gigante.
(16:14).
En mi caso, el remedio fue de unos meses de medicación y apartamiento del mundanal ruido, que permitió que poco a poco volviese a la normalidad. El Dr. Gooding empleó como ilustración las olas del mar que, al romper sobre nuestra cabeza producen pánico y asfixia antes de retroceder, y a las que poco a poco nos vamos acostumbrando hasta perderles el miedo, y nos acostumbramos a esperar su llegada como algo natural.
Pero sobre todo fue la manera en que compartió la Escritura la que sanó las heridas y proporcionó una nueva perspectiva que me ha asistido desde entonces: la seguridad de la salvación en Cristo, una realidad que él enfatizó siempre, y que he intentado emular.
Este no es el lugar para entrar en los dolorosos detalles de aquella enfermedad, que he relatado en
La palabra suficiente. Baste decir que la trampa que se cerró de repente sobre mí implicó la toma de una decisión que no pude tomar, pero que pensé que de no tomarla, perdería para siempre la amistad de Dios. El Dr. Gooding me llevó a considerar la trampa mortal que tendió el Tentador: «
Si eres Hijo de Dios, échate abajo, porque escrito está…» (Mt. 4:6). De no hacerlo, se ponía en entredicho la fe de Cristo; de hacerlo, se habría roto su relación con Dios, y se habría arruinado la obra de nuestra salvación. No he olvidado nunca aquellas lecciones, y a aquel siervo del Señor estaré eternamente agradecido.
Unos años después, otra figura proporcionó una perspectiva que me ha permitido valorar la Escritura desde un marco académico e intelectual: el profesor canadiense Northrop Frye.