Amor por las palabras La fe del carbonero (4)
por S. Stuart Park Valladolid, 25 de Julio de 2019
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Nido con huevos |
Bueno, sé perfectamente por qué a mi padre le gustaba leer las esquelas en el periódico local. Le divertían los pensamientos piadosos y sentimentales con que los recién enlutados recordaban a sus difuntos con expresiones a veces empalagosas, incluso graciosas, sin querer. Recuerdo que nos leyó en voz alta con evidente satisfacción que un viudo despedía a su malograda compañera del alma con estas ambiguas palabras: Peace at last (Paz por fin).
A mi padre le gustaban las palabras, y jugaba con ellas, inventando unas, citando fuera de contexto otras, y algunas expresiones simplemente le entretenían y las repetía a tiempo y a destiempo, para irritación de mi madre. Una era ‘la revocación del Edicto de Nantes’ que, a pesar de sus trágicas consecuencias para los hugonotes franceses en la noche de San Luis, se ve que su ritmo y su cadencia hacían memorable la expresión, y le deleitaba. Puede parecer una trivialidad, pero pienso que las palabras constituían, tal vez, su único divertimento en la vida.
Me imagino que algo habré heredado de su amor por las palabras; en mi caso, por la lengua castellana que he adoptado como propia después de más de medio siglo viviendo en España. Lo cierto es que mis estudios del español tuvieron su origen en una decisión fortuita: además del francés y el latín tuve que elegir otra especialidad en el instituto. Elegí Historia, pero me aburrió tanto el tomo de Tudor England que hubo que leer en vacaciones, que decidí cambiar al español.
El azar, raíz de la libertad, afirmó Miguel de Unamuno, y en parte le creo, pero, ¿por qué no ver ahí también una mano providencial? La entrada del pequeño carbonero en nuestra casa de Asturias fue fortuita, fruto del azar, pero oportuna y tuvo sentido para mí, como estas modestas líneas atestiguan.
El asunto no es baladí. No soy científico, y mi ignorancia académica en la materia es absoluta, pero cuando contemplo el río que fluye sin cesar entre los chopos y fresnos de la ribera, o cuando siento el pálpito del corazón de una diminuta criatura en mi mano, me cuesta creer que tanta belleza y tanta vitalidad sean fruto tan solo del azar. «Por la fe creemos que el universo fue constituido por la Palabra de Dios» –escribió el autor bíblico–, y le creo, sin poder demostrar por qué.
«En el principio fue la Palabra» (logos), así que volvemos a las palabras, origen de nuestras desgracias no menos que de nuestra bendición. «Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escribir rectamente palabras de verdad» –dijo el autor de Eclesiastés–, y ¿podemos aspirar a más en el mundo? «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida» –dijo Jesús–; han calado en mi alma y las creo, de todo corazón.
¿Fe de carbonero? Intentaré sugerir en qué se basa esta fe para no parecer lo que se dice, un pardillo. Por cierto, este verano también ha hecho su nido en el jardín una pareja perteneciente a esta simpática especie, la Linaria cannabina, de la familia Fringillidae, que es bonita, inteligente y además, canta muy bien.
Y puesto a equilibrar balanzas, diré que la otra fuente de satisfacción de mi padre, que también he heredado de él, fue su amor por los pájaros, y no creo que nada le deleitara más en la vida que el descubrimiento de un pequeño nido escondido en un seto o en una enredadera. Serán cosas del azar.
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