por S. Stuart Park
La intuición no puede ser árbitro de la teología, ni tampoco el sentido común, pero cuando una doctrina desafía a la moral u ofende a la razón, se debe cuestionar su veracidad. Teólogos importantes ha habido, y hay,que sostienen un concepto ‘duro’ de la predestinación, y otros igualmente importantes lo rechazan. Puede ser cuestión de temperamentos. Ahora bien, no es nuestra intención entrar aquí en un campo de batalla extraordinariamente complejo, y proponemos centrar nuestra atención en la manera de ser y estar de Cristo en medio de los hombres y mujeres de su tiempo. Con este fin, tomaremos otro texto de Isaías, que Jesús hizo suyo al comienzo de su ministerio en la sinagoga de Nazaret.
Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor.
Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros (Lucas 4:16-21).
Se trata del manifiesto programático del Siervo del Señor, el Mesías, tal como lo había anunciado el profeta antiguo. Se observa de entrada la importancia primordial de la palabra: Cristo dará
buenas nuevas a los pobres;
pregonará libertad a los cautivos; y
predicará el año agradable del Señor. Con su palabra sanará a los quebrantados de corazón; dará vista a los ciegos; y pondrá en libertad a los oprimidos. Apoyó su palabra con poderosas señales, ciertamente, como dijo el propio Jesús a los discípulos de Juan enviados desde la cárcel: «los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí» (Lucas 7:22-23).
El propio Juan no fue liberado físicamente de la cárcel y murió de mano de Herodes, pero la respuesta del Maestro, no lo dudamos, liberó su mente y sanó el quebranto de su corazón.
Es de notar en la proclamación de Jesús en Nazaret que no hay atisbo de prejuicio o sombra de ‘pre-determinación’, como Cristo mostró a lo largo de su ministerio terrenal, sino una mano tendida y un corazón abierto a todos.
La manera en que dio buenas nuevas a los pobres, dio vista a los ciegos y puso en libertad a los oprimidos, ocupará las páginas que siguen, sin olvidar que aún sigue su curso el «año agradable del Señor».