La sencilla Palabra La fe del carbonero (7)
por S. Stuart Park Valladolid, 30 de Julio de 2019
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Lámpara de aceite |
Hemos hablado de la prioridad de la palabra en el ministerio de Jesús, como él mismo confirmó con meridiana claridad: «El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida» (Juan 5:24). La palabra de Cristo conduce a la fe en Dios, como también atestiguó S. Pablo: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17). No se trata, pues, de señales milagrosas, ni de persuasiva sabiduría humana, sino de la sencilla Palabra de Dios encarnada en la persona de Jesús.
Si nos atenemos a la historia del Edén, la ruina de nuestra raza fue causada por una mentira que puso en entredicho el carácter de Dios, una noticia falsa (fake news) que engañó a Eva, y que Adán no tuvo fuerza para desmentir. No es necesario insistir en la historicidad de aquella transgresión para ver su trascendencia, pues todos hemos sido engañados en la vida, y ninguno de nosotros es capaz, en último extremo, de resistir el mal. Para rectificar aquel error, y darnos una segunda oportunidad, Jesús vino al mundo para mostrarnos la fiabilidad de Dios.
No todos le quisieron escuchar. La escena de la sinagoga de Nazaret empezó de manera esperanzadora: «Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?» Palabras de gracia: las que caracterizaron siempre el talante del Salvador. Pero el ambiente se tornó enseguida hostil: «Él les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra. Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra».
Se ve que la coletilla –¿No es éste el hijo de José?– ocultaba un prejuicio, que el Señor no tardó en desenmascarar (ver Lc. 4:25-29). Les recordó dos episodios en la historia de Israel que pusieron de manifiesto la dureza de su corazón: la viuda de Sarepta, y Naamán el sirio, ambos de raza gentil, creyeron la palabra de Elías –otro profeta que no fue «acepto en su propia tierra»–, en medio del rechazo del pueblo. La alusión enfureció a las autoridades de la sinagoga, orgullosas de su propia raza, y procuraron destruirle por causa de su atrevimiento. «Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue».
El episodio ilustra lo que está en juego en el asunto de la salvación: la gracia de Jesús en su recuerdo de la viuda de Sarepta y Naamán; su conocimiento de la motivación de sus interlocutores; honestidad frente a la hipocresía de ellos; y respeto a pesar de su reacción.
Bien dijo el profeta: «No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia». Del modus operandi de Jesús podemos aprender a hablar sin estridencias ni histrionismo, sin beligerancia ni rencor, con palabras de gracia que tocan el corazón.
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