Perfecto orden y concierto La fe del carbonero (8)
por S. Stuart Park Valladolid, 31 de Julio de 2019
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Nido con pájaro volandero |
Esta mañana, mientras pensaba en esta hermosa descripción del Siervo del Señor –«No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. / No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare»–, observé a la pareja de mirlos yendo y viniendo a su nido escondido en la wisteria, pues ya han eclosionado los huevos y hay que alimentar a la familia. Se dedican a esta labor ambos progenitores en equipo: llenan el pico de comida y entran y salen entre las hojas del seto por turnos, en perfecto concierto y orden.
Mientras la hembra, de plumaje pardusco para no llamar la atención, incubaba los huevos en el nido el macho, negro como el carbón, con un pico color naranja muy llamativo, cantaba desde el árbol más cercano, un albaricoquero que ha dado toneladas de fruta este año, como si quisiera asegurar a su pareja de que estaba allí. El canto del mirlo (solo canta el macho) es melodioso, uno de los más hermosos que hay. A mi padre le gustaba mucho, y un mirlo cantó en el cementerio durante su entierro en 1981.
La madre no canta, pero sí emite un sonido staccato de alarma si acecha el peligro, y los polluelos aprenden a quedarse quietos en espera de que vuelva la normalidad. ¡Con qué cariño y esmero cuidan de sus crías, y qué ejemplo dan! El Señor Jesús dijo a sus discípulos, atenazados muchas veces por la duda o el temor: «¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos» (Lucas 12:29-31). Estremece considerar la literalidad de estas palabras del Señor.
Ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Esto decía a doce hombres que él había elegido para seguirle y aprender de él. Fuera del nido (por así decirlo) sufrirían persecución, pero nunca caerían a tierra sin el Padre. Confieso que si algo fuese a pasarles a mis pequeños vecinos volanderos, me causaría tristeza, pero según entiendo este texto, tampoco permanecería indiferente.
Hablando de la wisteria… Un cuñado nos la regaló hace más de seis lustros, y a pesar de ser una planta que en todos los demás jardines del mundo da hermosas flores en abundancia, que llegan a ocultar en su profusión tanto las hojas como las ramas, la nuestra ha dado solo dos flores en todo este tiempo, una hace veinte año, y otra hace dos o tres, y nadie sabe por qué. Pero ahora está perdonada, porque ha dado cobijo a una pareja modélica que trae placer y satisfacción.
Pensando en ello, ¿será menor el cuidado que el Señor tiene de nosotros? Conoce cada latido de nuestro corazón, y recuerda que somos polvo, como dijo el salmista, frágiles y vulnerables en un mundo lleno de conflicto y dolor. Cambiando de metáfora, somos «ovejas de su prado», y nuestro Pastor dijo en una ocasión: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre» (Juan 10:27-29). A más no podemos aspirar.
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