por S. Stuart Park
El asunto de la memoria resulta misterioso en extremo, por lo menos para mí. ¿Por qué me acuerdo de algunas cosas, a menudo triviales, y de otras más importantes, no queda rastro alguno?
Recuerdo como si fuese ayer lances precisos de partidos de fútbol que vi durante mi adolescencia. Queda grabado en la retina el gol que nos quitó el campeonato de Primera División cuando el Wolverhampton Wanderers ganó 2-1 a mi amado Preston North End, en casa, en 1958. Resbaló nuestro defensa lateral derecho, el internacional escocés Willie Cunningham, y ¡adiós! Lo veo como si estuviese ahí en la grada del vetusto estadio de Deepdale, bajo una lluvia traicionera, apretujado entre los 35.000 espectadores de la clase obrera de Lancashire.
Al mismo tiempo, me he olvidado por completo de cosas mucho más sustanciales. De vez en cuando me envían una carta que escribí hace casi 50 años, y no solo no guardo memoria de ella, sino que negaría haberla escrito nunca. He releído trabajos escritos en la universidad, o artículos publicados mucho tiempo atrás, y sucede lo mismo. ¿Eso lo he escrito yo? ¡No me lo puedo creer!
En estos días releo (o eso parece) un libro de Ortega titulado
¿Qué es la filosofía?, publicado en 1958. El texto es sumamente sugerente, y no puedo entender cómo llevaba tantos años en mi estantería sin que lo haya abierto antes. Pero, hete aquí que en los márgenes hay
comentarios de mi puño y letra, anotaciones mías, que no sé cómo pueden haber aparecido allí.
Me alegra haberlo vuelto a abrir, y veo que los subrayados olvidados coinciden plenamente con mis actuales áreas de interés, décadas después. Hablando de su aproximación a la filosofía, Ortega escribe, (lo tenía subrayado): «Nos iremos aproximando en giros concéntricos, de radio cada vez más corto e intenso, deslizándonos por la espiral de una mera exterioridad con aspecto abstracto, indiferente y frío, hacia un centro de terrible intimidad». ¿Cabe una metáfora más hermosa del quehacer hermenéutico, de nuestro acercamiento al estudio de la Biblia? Esta, tal vez, que también tenía marcada:
«Los grandes problemas filosóficos requieren una táctica similar a la que los hebreos emplearon para tomar a Jericó y sus rosas íntimas: sin ataque directo, circulando en torno lentamente, apretando la curva cada vez más y manteniendo vivo en el aire son de trompetas dramáticas».
El (re)encuentro con Ortega me ha hecho revivir el tiempo que pasé con un gran admirador del filósofo madrileño, don Juan Solé Herrera (1921-1992), catalán, hombre cultísimo, autodidacta, profundo pensador cristiano y gran estudioso de la Biblia. Durante su lucha con un cáncer terminal tuve la oportunidad de visitarle con frecuencia en casa de su hija Gloria y su yerno Paco en Pozuelo de Alarcón. Gloria me obsequió con las
Obras Completas de Ortega que poseía su padre, y las guardo como oro en paño.
Juan me concedió una entrevista (publicada en
Alétheia, en 1998) pocos días antes de fallecer. Le pregunté sobre el arte, la literatura, y acerca de Ortega, a quien consideraba un maestro por su manera de pensar. Le pregunté también por sus sentimientos frente a la otra orilla, a un paso de la eternidad. De él hablaré en la próxima entrega.