por S. Stuart Park
A principios de 1992, el GBU de Madrid me invitó a dar una charla a las ocho de la tarde, y Juan se ofreció a acompañarme al lugar de la reunión. Noté que al bajar del coche daba muestras de dolor, una circunstancia que él atribuía a un ataque de ciática. Le recuerdo sentado en la primera fila, tomando apuntes como un estudiante más, su rostro iluminado por aquel amor a la Palabra que le caracterizó siempre. Lo que no se sabía era que padecía un cáncer que en pocas semanas acabaría con su vida. En la entrevista que me concedió pocos días antes de su partida, le pregunté, naturalmente, sobre su admiración por Ortega:
«¡Oh! Bueno, pues mira, ya ves que nada más me citas a Ortega y sonrío un poco, y bueno, ha sido una persona cuya manera de usar su mente ha sido ejemplar para mí, pero nunca he elevado a la persona, a nadie, a un plano de fetichismo. No. Pero la manera de usar la mente orientó a muchas gentes de la generación que compartió con él los avatares de la historia… una manera en que hay que pensar. La mente de Ortega fluye como el agua de un arroyo, y sale sobre todo una honestidad, un respeto por la palabra, por la misma palabra, por la ecuación, aquello que él decía: procurar llevar cualquier objeto, lo que sea, lo más sencillo, por el camino más corto de la plenitud, este amor intelectual de lo que nos habla en alguno de sus libros. Pues quizás ha sido esto una de las cosas que, aparte de su manera de objetivar el mundo que nos rodea, tanto el actual como en algunas perspectivas del pasado, me han hecho comulgar con él. No en todo lo que concierne a la piedad teológica y demás, pero le he admirado».
La manera de pensar de Ortega bien podría retratar la de Solé, amante de las palabras y de la Palabra, un hombre íntegro que las empleaba con honestidad acompañada siempre de gracia y generosidad. Decía Ortega que «todo ser es feliz cuando cumple con su destino, es decir, cuando sigue la pendiente de su inclinación, de su esencial necesidad, cuando se realiza, cuando está siendo lo que en verdad es».
Y así era Juan Solé: «Mira… la ética corresponde al principio básico del ser humano, y responde como principio al ser de las cosas. Es la estética de cómo deben ser las cosas, cuanto más bella cuanto más adecuada en su relación con lo creado…. La estética moral del individuo, la ética sui generis de las cosas cuando están donde deben estar, y sirven para lo que tienen que servir y van enderezadas hacia el fin para el que Dios los creó».
¿Qué sentía frente a la otra orilla un hombre que disfrutaba de la vida precisamente porque estaba enteramente preparado para alcanzar la meta final?
«Bueno, pues, una gran expectación. Digo una gran expectación, porque lo que estoy expectando está ahí, y grande, porque estoy pensando, no con mucha más expectación que antes, pero sí desde otra intensidad, desde otra intensidad. Es como si el niño, sin dejar de ser el mismo niño, se haya vuelto un poco más formalito. Pero sobre todo, es la gran esperanza de verle, de verle al Señor, sí».