por S. Stuart Park
Dice Teófanes Egido, buen amigo de muchos años, que el Señor siempre la daba la razón a Teresa (me permito el empleo del laísmo tan querido también por Jiménez Lozano), y esta afirmación, no exenta de la fina ironía que le caracteriza, la basa el historiador en la confesión de la propia Teresa en su
Camino de la perfección:
Estando pensando si tenían razón los que les parecía mal que yo saliese a fundar, y que estaría yo mejor empleándome siempre en oración… Parecíame a mí que, pues San Pablo dice del encerramiento de las mujeres (que me han dicho poco ha y aún antes lo había, que ésta era la voluntad de Dios), díjome: Diles que no se sigan por sola una parte de la Escritura; que miren otras, y si podrán por ventura atarme las manos.
En medio de tal controversia, llama la atención la diatriba contra las mujeres del teólogo dominico Melchor Cano (1509-1560), a quien le exasperaba el hecho de llevar la lectura
«a mujeres de carpinteros», con su peculiar lectura de lo acaecido en el Edén. Dice Teófanes:
Lo expresaba por aquel año sin cicaterías, y con todo el rigor contrarreformista, en su censura del Catecismo de Carranza (1503-1576): «La experiencia nos dice que dar la Escritura en lengua vulgar, toda o en parte, ha hecho daño a las mujeres y a los idiotas… Así lo han hecho los herejes. Por querer los alemanes hacer doctos, abriéndolos los ojos para ver lo que sus antepasados nunca habían visto, lo comenzaron a disponer y labrar para los errores que después sembraron… El árbol de esta ciencia teológica, por más que parezca hermosa a los ojos y hermosa al gusto, por más que prometa la serpiente que se abrirán los ojos al pueblo con este manjar, y por más que las mujeres reclamen con insaciable apetito comer de esta fruta (de la Biblia), es menester vedarla y poner cuchillo de fuego para que el pueblo no llegue a ella» (énfasis mío).
Continúa el profesor Egido:
Y se vedó la lectura de la Biblia en lengua vulgar, la mejor literatura, la lectura de los espirituales más cercanos. Ante este espectáculo, con acierto naturalmente, Bataillon sentenció: “Los debates que (Fray Luis de) Granada (1504-1588) instituye con tanto tacto va a simplificarlos la Inquisición hasta el extremo, al condenar misticismo y erasmismo, acusándolos de ilustrismo y luteranismo disfrazados. La vida espiritual de España va a quedar destrozada. La edad dichosa del libro toca a su fin”.
Tremendo ambiente al que tuvo que enfrentarse el pensamiento y la obra de Teresa:
¡la Palabra de Dios como fruta prohibida, la lectura de la Biblia como tentación de la Serpiente antigua!
La hermenéutica de Teresa es acertada:
no hay que seguirse por sola una parte de la Escritura; que hay que mirar otras; y habrá que encarar con amplitud de miras el asunto que trajo en jaque no solo a Teresa, sino a muchas mujeres después. El asunto merece nuestra atención no solo por la intolerancia reinante contra las mujeres, sino por la cuestión exegética que plantea. A nuestro juicio, la interpretación negativa de Pablo era injusta, y si el Señor la daba la razón a Teresa
contra San Pablo, es decir, contra la interpretación «varonil», la santa estaba en lo cierto.