por S. Stuart Park
No es que Dios le haya quitado la razón a San Pablo para dársela a la madre Teresa –faltaría más–, pero todo hay que decirlo: la doctrina de Pablo se las trae, y para interpretarla correctamente hay que ampliar nuestro campo de visión. Mientras tanto, cabe una pregunta: ¿Se trataba de una interpretación
feminista por parta de ella? He aquí el juicio mesurado de Teófanes Egido sobre la personalidad de Teresa y su lucha:
Se ha hablado, y se habla, de feminismo teresiano. No puede identificarse, en cualquier caso, con el feminismo de nuestros días tan valorado y aplaudido: el de la madre Teresa era peligroso, muy peligroso. Por esto, esta clave de mujer, de mujer espiritual y, además, de mujer orante, se llame feminismo precoz o como se llame, es necesario tenerla en cuenta para la comprensión de su programa fundador; es de necesaria atención para conocerla a ella y para conocer su sentir; lo es también como fuente histórica cualitativa y cualificada para percibir directamente el ambiente hostil con el que tuvo que enfrentarse y con el que se enfrentó con tantas sutiles y elocuentes estrategias.
No deja de ser irónico que Teresa haya sido elevada al rango de Doctora de la Iglesia, «un título otorgado por el papa o un concilio ecuménico a ciertos santos en razón de su erudición y en reconocimiento como
eminentes maestros de la fe para los fieles de todos los tiempos» (énfasis mío).
Resulta claro que las dificultades de Teresa pertenecían a unos tiempos que ella misma calificó de
«recios», y que la interpretación negativa de Pablo no se produjo en un vacío. Según Teófanes Egido, la feroz persecución del luteranismo en Valladolid por la Inquisición se debió, en el fondo, a razones de Estado:
La agitación coincidió con el retorno de estancias extranjeras de Felipe II, que se encontró con una política religiosa intransigente alentada sobre todo desde Yuste por el Emperador, empeñado en compensar el fracaso de su política religiosa en el Imperio. Y como premisa para la actuación radical, se fue creando un ambiente de terror y convirtiendo la Inquisición en instrumento el más poderoso para asegurar la ortodoxia pues no hay que olvidar que la herejía era el más temible delito no sólo religioso sino también político y social en aquellas formaciones sacralizadas.
¿De qué se les acusó formalmente a los «luteranos» de Valladolid? El profesor Egido cita del informe oficial enviado por el Santo Oficio a Roma:
«Del delito de negar la existencia del purgatorio, de decir que por la pasión de Cristo quedó el hombre justificado, que no era menester las oraciones a los santos, que Martín Lutero y sus obras fueron muy buenas, que clérigos, frailes y monjes pueden ser casados, que la confesión se había de hacer mental a solo Dios y con el espíritu, y no a los frailes ni a clérigos, que las misas no se habían de vender, etc.»
Se trata de ideas que podrían parecer en sí inofensivas, pero que atentaban, según los inquisidores, contra la propia fábrica del Estado.
Ahora bien, más allá de la mala lectura de Pablo por los inquisidores de todos los tiempos, el veto contrarreformista a la lectura de la Biblia por
«mujeres de carpinteros» bien merece una reflexión.