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«CONTRA VIENTO Y MAREA».      

      Mujeres de carpinteros
            Contra viento y marea (6)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 10 de Julio de 2020

Erasmo de Rotterdam
 

El asunto no es baladí. Las convicciones de Teresa de Ávila en aquel clima de intolerancia religiosa eran de vida o muerte, como demostró el Auto de Fe de 1595 en Valladolid. Melchor Cano quiso evitar a toda costa que la Biblia pudiera ser leída en lengua vulgar por mujeres de carpinteros. El hecho resulta llamativo. Recuérdese que la mayoría de los discípulos del Señor eran pescadores, hombres «sin letras y del vulgo», y que el propio Jesus de Nazaret fue tildado despectivamente en su día de «hijo de carpintero». ¿No recordaba el destacado teólogo que la Virgen Madre del Señor era mujer de carpintero, y que el propio Jesús de Nazaret se empleó en aquella noble profesión?

La hostilidad inquisitorial hacia la lectura de la Biblia por el pueblo llano contrasta con las aspiraciones de los promotores de la Reforma, que sostenían que todo creyente tiene el derecho de leer e interpretar la Biblia por sí solo, en cumplimiento del sueño de William Tyndale (1494-1536), educado en las universidades de Oxford y Cambridge, y autor de una magnífica versión inglesa, de que cualquier «mozo de labranza» (o mujer de carpintero) pudiera conocer la Palabra de Dios.

Conviene recordar la vorágine cultural y religiosa en la que se gestó la Reforma. El humanismo renacentista estaba en auge en toda Europa, y su lema era Ad fontes, ‘A las fuentes’, en referencia al redescubrimiento de la cultura clásica en su lengua original. El Renacimiento era un tiempo de regeneración cultural, que se saltó el escolasticismo de la Edad Media, por así decirlo, para ir directamente a las fuentes del derecho romano, la retórica de Cicerón, o la filosofía griega.

El mismo fermento se produjo en torno a los textos originales de la Sagrada Escritura. Erasmo de Rotterdam (1466-1536) había publicado su Nuevo Testamento en el griego original en 1516, es decir, un año antes de que Martín Lutero difundiera sus 95 tesis y lanzara la Reforma. El cardenal Cisneros (1436-1517) ya tenía preparada su Biblia Políglota en hebreo, griego, latín y arameo cuando salió la versión de Erasmo, y se habían fundado varias cátedras trilingües (en griego, hebreo y latín) en las grandes universidades europeas: en Alcalá (1499), Wittenberg (1502), luego en Oxford (1517), Louvain (1517) y el Collège de France en París (1530).

El epicentro del seísmo luterano se localiza en el término sola Scriptura, que significa «solo por la Escritura», un concepto que implica que ninguna autoridad, clerical o papal, posee una autoridad espiritual superior a la Biblia, un libro no disponible en lengua vernácula para el hombre común. Resulta claro que el concepto de sola Scriptura, en sí liberador, abre las puertas a cualquier interpretación, caprichosa o tergiversada, como advirtió el propio S. Pedro respecto de la doctrina de S. Pablo: «casi en todas sus epístolas… hay algunas (cosas) difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición» (2 Pedro 3:16).

Entre las cosas difíciles de Pablo, no solo para los indoctos e inconstantes, destaca el tema que llevó dolor al alma y ofensa a la inteligencia de Teresa de Jesús.


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