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«CONTRA VIENTO Y MAREA».      

      Una advertencia y una confesión
            Contra viento y marea (7)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 17 de Julio de 2020

El Partenón
 

No quiero dar la impresión de que el veto a las mujeres era cosa de la Contrarreforma solamente, ni que se trataba de una interpretación fruto tan solo de una época determinada. Si nos hemos centrado en la figura de Teresa es porque ella se expresó con tal contundencia, y desde una integridad tan admirable, que ha podido servir de portavoz de todas las mujeres que se han visto vetadas o marginadas en la iglesia. Al mismo tiempo, Teresa ha puesto de manifiesto con meridiana claridad una cuestión hermenéutica perenne: el derecho de las mujeres contra la interpretación tradicional de Pablo.

Comienzo con una confesión: el tema me interesa vivamente porque yo mismo luché durante muchos años con la enseñanza de Pablo y, consciente de que el veto a las mujeres no reflejaba, a mi entender, el espiritu de Cristo, topaba una y otra vez con unos textos que parecían levantar un serio obstáculo para el ministerio público de la mujer en la iglesia. Descalificar a Pablo como hombre de su tiempo, o misógino, en aras de una comprensión más ilustrada, más liberal, corre el riesgo de minar la autoridad de la propia Palabra de Dios. ¿Cómo resolver el dilema planteado por Teresa, y cómo conciliar nuestra intuición con los textos del apóstol?

El asunto no es nuevo. El erudito escocés William Barclay, en su comentario sobre 1 Corintios, describe así la situación de la mujer en el seno del judaísmo:

Ninguna nación dio una mayor posición a las mujeres en el hogar y en las cosas de la familia que los judíos; pero oficialmente la posición de la mujer era muy baja. En la ley judía, no era una persona sino una cosa; estaba enteramente a disposición de su padre o de su marido. Se le prohibió aprender la ley; instruir a una mujer fue arrojar perlas ante los cerdos. Las mujeres no participaban en el servicio de la sinagoga; estaban encerradas en una sección de la sinagoga, o en una galería, donde no se las podía ver. Un hombre venía a la sinagoga para aprender; pero, a lo sumo, una mujer venía para escuchar. En la sinagoga la lección de las Escrituras fue leída por los miembros de la congregación; pero no por las mujeres, porque eso habría sido para disminuir el «honor de la congregación». Estaba absolutamente prohibido que una mujer enseñara en una escuela; ni siquiera podía enseñar a niños pequeños.

La posición de la mujer en la religión griega era aún más baja. Dejando de lado a los miles de mujeres que ejercían la prostitución en los templos paganos «la mujer griega respetable –continúa Barclay– llevaba una vida muy limitada. Ella vivía en sus propias habitaciones, a las que solo acudía su marido. Ni siquiera aparecía en las comidas. En ningún momento aparecía sola en la calle; nunca asistía a ninguna asamblea pública. El hecho es que si en una ciudad griega las mujeres cristianas tomaban parte activa en el culto, la Iglesia habría ganado inevitablemente la reputación de ser un lugar para mujeres de laxa moralidad».

Ante esta difícil situación, las palabras de Pablo merecen una atenta mirada, por lo que intentaremos arrojar luz sobre la «difícil» doctrina de Pablo. ¡Caveat lectora! ¡Caveat lector! Quien avisa no es traidor.


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