por S. Stuart Park
«La serpiente me engañó» –confesó Eva–, y Pablo recuerda este hecho en su exhortación a la iglesia de Corinto:
«la serpiente con su astucia engañó a Eva» (2 Co. 11:3); y en su advertencia a Timoteo:
«la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión» (1 Tim. 2:14). El autor de Génesis relata en detalle el engaño de Eva, por lo que conviene considerar su naturaleza, y el
modus operandi del engañador.
Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella (Gn. 3:1-6).
Es de suponer que Eva conoció la prohibición divina no directamente sino por boca de su marido, y solo podemos adivinar cómo la primera pareja valoró el veto al fruto del árbol de la ciencia del bien y el mal.
«De todo árbol del huerto» podían comer –había dicho Dios (Gn. 2:16)– una invitación ciertamente generosa, con una sola salvedad: no les era lícito conocer el mal.
Eva cayó en la trampa que extiende todo vendedor de falacias: la involucró fatalmente en una dialéctica que
a priori, no admitía discusión.
«¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?» –susurró la sibilina voz de la serpiente (ver Gn. 3:1–5), y tamaña falsedad debió haber desenmascarado por completo al Tentador. Eva entró en su juego, sin embargo, y respondió:
«Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis».
Observamos el matiz que introdujo la mujer como para reforzar su defensa: que se sepa, Dios no había dicho que no se
tocara el árbol, y aquella pequeña enmienda al acta de prohibición desvela, posiblemente, un atisbo de duda o perplejidad, como si de un veto excesivo se tratase a los ojos de ella o de su marido.
Pablo vio en el engaño de Eva un peligro perenne, que afecta a todos, y quiso prevenir a la iglesia de Corinto para que estuviera alerta ante las asechanzas de Satanás:
«Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo» (2 Co. 11:3).
«Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga» –escribió el apóstol (1 Co. 10:12)–, dando a entender que cualquiera, hombre o mujer, es propenso a caer.
¿Por qué, entonces, vio necesario limitar la libertad de las mujeres en el culto? ¿Las consideraba inferiores a los hombres, o menos de fiar? Así se ha interpretado la doctrina de Pablo. Pregúntese, si no, a Sta. Teresa de Jesús.