por S. Stuart Park
Comienza así el famoso himno de Charles Wesley (1707-1788), adaptado al castellano por Enrique Turrall (1867–1953). Sigue ocupando un lugar de honor en los himnarios evangélicos del mundo hispano, por mérito propio. Llama la atención el alto número de referencias bíblicas que contiene, en marcado contraste con las muchas veces livianas y repetitivas canciones religiosas muy de moda en nuestros días. He contado más de treinta alusiones, incluso una cita directa, muchas de ellas tomadas del Antiguo Testamento, e invito a mis lectores a tomar unos minutos para intentar localizar su procedencia. No es extraño que los nombres del AT se entremezclen con los del Nuevo, ya que la figura de Cristo está presente en la Escritura de principio a fin.
En todo tiempo alabaré
El Nombre de Jesús;
Las glorias de mi Redentor,
Los triunfos de su cruz.
Mi espíritu se alegra en Él
Mi Dios y Salvador;
El Escogido entre diez mil,
El Cristo del Señor.
Cordero Santo que murió
Fiador en mi lugar;
Resucitado, es Mediador
Y Príncipe de paz.
Pontífice, Profeta y Rey;
Pastor y Amigo fiel;
Cimiento estable de mi fe:
Mi todo hallo en El.
Escondedero del turbión
Y sombra del calor;
Habiendo padecido, El
Es mi Consolador.
Es Luz y Guía, Escudo y Sol,
Que gracia y gloria da;
«Tal es mi Amado» y a éste, yo
He de ensalzar y amar.
Fernando Lázaro Carreter (1923–2004), filólogo, profesor y director de la Real Academia Española, ha escrito en su introducción al monumental estudio de fray Luis:
De los nombres de Cristo es la única de las obras castellanas del autor publicada en vida del propio fray Luis de León, a quien Cervantes proclamaba «un ingenio que al mundo pone espanto» y Lope de Vega, «el honor de la lengua». La prosa de fray Luis tiene su cumbre en este libro, considerado a lo largo de los siglos ejemplo de elegancia y sabiduría, pero que modernamente, sin embargo, ha sido más citado que leído.
De la pasión de fray Luis por las Escrituras, y su reverente atención a los nombres de Cristo, hablaremos a continuación.