por S. Stuart Park
Sufro penalidades, hasta prisiones a modo de malhechor; mas la palabra de Dios no está presa. Así testificó el apóstol Pablo (2 Timoteo 2:9) con palabras que retratarían a la perfección la experiencia del maestro fray Luis de León, preso en la cárcel inquisitorial de Valladolid, donde escribió su maravilloso libro
De los nombres de Cristo.
El 27 de marzo de 1572, Jueves Santo, fray Luis de León fue conducido a la cárcel secreta de la Inquisición en Valladolid. Su crítica filológica al texto de la
Vulgata y su traducción al castellano del
Cantar de los Cantares serían los principales motivos de su denuncia, al margen de envidias y rivalidades de sus colegas.
Tras cuatro años en prisión fue absuelto en diciembre de 1576, y en 1577 retomó su labor en la cátedra de Teología de Salamanca, donde pronunció su célebre
«Decíamos ayer…». En su dedicatoria del libro,
A don Pedro Portocarrero, del Consejo de Su Majestad y del de la Santa y General Inquisición, fray Luis escribió su propia condena de la prohibición de poner la Sagrada Escritura en manos del pueblo llano en lengua vulgar:
De las calamidades de nuestros tiempos, que, como vemos, son muchas y muy graves, una es, y no la menor de todas, muy ilustre señor, el haber venido los hombres a disposición que les sea ponzoña lo que les solía ser medicina y remedio; que es también claro indicio de que se les acerca su fin, y de que el mundo está vecino a la muerte, pues la halla en vida.
Notoria cosa es que las Escrituras que llamamos Sagradas las inspiró Dios a los profetas, que las escribieron para que nos fuesen en los trabajos de esta vida consuelo, y en las tinieblas y errores de ella clara y fiel luz, y para que en las llagas que hacen en nuestras almas la pasión y el pecado, allí, como en oficina general, tuviésemos para cada una propio y saludable remedio. Y porque las escribió para este fin, que es universal, también es manifiesto que pretendió que el uso de ellas fuese común a todos, y así, cuanto es de su parte, lo hizo; porque las compuso con palabras llanísimas y en lengua que era vulgar a aquellos a quien las dio primero.
Y después, cuando de aquéllos, juntamente con el verdadero conocimiento de Jesucristo, se comunicó y traspasó también este tesoro a las gentes, hizo que se pusiesen en muchas lenguas, y casi en todas aquellas que entonces eran más generales y más comunes, porque fueron gozadas comúnmente de todos.
El confinamiento de fray Luis, a todas luces injusto, le proporcionó la oportunidad (lo mismo que a Pablo) de crear uno de los grandes monumentos literarios en lengua castellana, amén de una deliciosa reflexión acerca de los nombres de Cristo. La tarea, necesaria en su día, es igualmente urgente hoy, no sea que caigamos en el error de tratar a nuestro Señor y Salvador sin la debida reverencia.
«Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36).
Estemos atentos a la advertencia del apóstol Pedro en el día de Pentecostés.