por S. Stuart Park
En la
entrega no. 16 de este blog cité uno de mis himnos favoritos, el que empieza así:
En todo tiempo alabaré / El Nombre de Jesús. No cabe duda de que ‘el dulce nombre’ de Jesús, como reza otro himno, es el más querido por los creyentes, y el más frecuentemente usado. Es lógico: su nombre significa Salvador, tal como el ángel indicó a José, cuando dijo:
«llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:21).
Al mismo tiempo, el himno de Charles Wesley, como tuvimos ocasión de comentar, añade otras treinta referencias, tomadas de la Escritura, que agrandan el significado de aquel nombre, y el ángel del Señor hizo lo propio al citar la profecía antigua que decía:
«He aquí, una virgen concebirá, y dará a luz un hijo, / Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros» (Mt. 1:23).
He observado, sin ánimo de criticar, ni mucho menos de juzgar, que junto con lo liviano de muchas de las canciones cristianas en boga hoy en día, se emplea con frecuencia el nombre de Jesús de un modo que contrasta marcadamente con la manera en que los autores del Nuevo Testamento se refieren al Señor. Una ojeada a cualquier medio evangélico confirmará el fenómeno, y aunque quienes hablan de Jesús con mucha familiaridad son, seguramente, mejores cristianos que yo, tal vez se deba tomar en consideración la siguiente reflexión.
En los Evangelios, que registran el ministerio terrenal del Salvador, Jesús es llamado por su nombre humano, como es de esperar, pero los discípulos, incluso los más allegados, como Pedro o Juan, nunca se dirigen a él directamente como Jesús, sino siempre como Maestro, o Señor.
El nombre de Jesús a secas es empleado en tan solo quince ocasiones en las Epístolas, ocho veces en las de Pablo, y siete veces en Hebreos. En cada ocasión se enfatiza la humanidad del Señor, para destacar su Obra en la Cruz. Pongamos un ejemplo conocido, donde el énfasis resulta significativo:
«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Filipenses 2:5-11).
En el resto de las referencias de las Epístolas, más de trescientas cincuenta, Jesús es llamado generalmente por los títulos divinos que le acreditan como Señor: Cristo, Jesucristo, Cristo Jesús, Señor Jesucristo, Cristo Jesús el Señor, Señor Jesús, Jesucristo nuestro Señor, Cristo Jesús nuestro Señor, Jesús nuestro Señor, Hijo de Dios, y Señor del cielo.
Fray Luis, preso en la cárcel inquisitorial de Valladolid, hizo bien en titular su extraordinario libro,
De los nombres de Cristo. Haríamos bien en seguir su ejemplo, y emplear correctamente los nombres propios de Jesús.