A Journal of the Plague Year Contra Viento y Marea (22)
por S. Stuart Park Valladolid, 30 de Octubre de 2020
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Daniel Defoe |
Diario del año de la peste: así tituló Daniel Defoe su registro novelado de la epidemia que asoló la ciudad de Londres en 1665, tan solo un año antes del devastador Gran Incendio de 1666 que no solo transformó la arquitectura de la ciudad, sino que acabó definitivamente con la peste.
Defoe, autor de la celebérrima novela Robinson Crusoe, publicada en 1722, describió con la brillantez narrativa que le caracterizaba la epidemia que mató (se calcula) a unas 100.000 personas, casi un tercio de la población. Defoe basó su relato en el testimonio de familiares y otros testigos, ya que solo tenía cinco años cuando ocurrió la tragedia, y en el riguroso empleo de datos oficiales.
La Gran Peste no era la primera epidemia, ni sería la última: la peste bubónica, o Muerte Negra, circuló en Europa durante siglos, matando a incontables millones de personas, y al final de la Primera Guerra Mundial, un brote de gripe llevó por delante a 20 millones de personas en todo el mundo en un año.
El año de la peste empezó en Londres en la pobre y superpoblada parroquia de St. Giles-in-the-Field, con la muerte de dos personas en diciembre de 1664. Comenzó lentamente al principio, pero en mayo de 1665, 43 personas habían muerto. En junio 6.137 personas murieron, en julio 17.036 personas más, en el pico de la epidemia en agosto, perdieron la vida 31.159 personas.
La incubación duró solo de cuatro a seis días y cuando la peste apareció en un hogar, la casa era sellada, condenando a toda la familia a la muerte, aunque muchos se escaparon por las ventanas o burlaron a los vigilantes. Estas casas fueron marcadas por una cruz roja pintada en la puerta, y las palabras: «Señor, ten misericordia de nosotros». Por la noche, los cadáveres eran sacados en respuesta al grito: «Sacad a vuestros muertos», puestos en un carro y llevados a fosas comunes fuera de la ciudad. La peste, que era transmitida por pulgas que llevaban las ratas, era de origen desconocido en aquel entonces, y la gente sacrificaba perros y gatos en un vano intento de frenar la enfermedad, lo que no hacía sino favorecer la proliferación de los roedores.
Llaman la atención algunos datos registrados por Defoe. Al principio las autoridades infravaloraron la importancia del brote de la enfermedad, y se produjo confusión sobre el número exacto de las víctimas, solo dándose una cifra fiable cuando se computaba el número de enterramientos que sobrepasaba la incidencia habitual. La epidemia se cebó principalmente en los barrios pobres; los ricos, incluyendo la corte, huyeron a sus casas en el campo, y el rey se instaló en Oxford.
Una vez tomada conciencia de la gravedad de la situación, se introdujeron medidas drásticas como el confinamiento forzoso de los enfermos en sus casas, custodiadas día y noche por vigilantes, y se instalaron controles en las carreteras. Muchos médicos fueron infectados, y se paralizó la atención a otras enfermedades en medio del pánico de la población, que deambulaba por las calles guardando la distancia estipulada de dos metros entre sí.
No faltaron alarmas apocalípticas, bulos, remedios falsos, charlatanes y predicadores catastrofistas cuyas diatribas aterraban a sus oyentes. Sobre ello reflexiona Daniel Defoe, creyente presbiteriano y profundo conocedor de la Biblia, y algunas de sus observaciones ocuparán nuestra próxima entrega.
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