No es de extrañar que como buen presbiteriano Daniel Defoe haya aplaudido el cierre de las tabernas y lugares de ocio; condenado con energía el engaño de los curanderos, brujos y pitonisas que se lucraban de la ignorancia de sus víctimas; denunciado a los astrólogos aficionados que vieron señales en el cielo, como una espada desenvainada que se cernía sobre la ciudad desde las nubes; y alertado contra el sinfín de charlatanes y embusteros que proliferaban en las calles de la ciudad.
Al mismo tiempo, era sensible ante los gritos de dolor de los afectados, y debatió en su fuero interno si debía abandonar la ciudad para ponerse a salvo, o confiar en la Providencia y arriesgar su vida en medio del peligro. Cuenta que le confortó la lectura del Salmo 91, con su consoladora promesa de protección, y decidió quedarse en la capital:
«El que habita al abrigo del Altísimo / Morará bajo la sombra del Omnipotente. / Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; / Mi Dios, en quien confiaré. / Él te librará del lazo del cazador, / De la peste destructora. (…) / Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, / Al Altísimo por tu habitación, / No te sobrevendrá mal, / Ni plaga tocará tu morada» (vv. 1-10).
Resulta evidente que muchos de los que también confiaron en la protección de Dios perecieron, y no hay que olvidar que Defoe solo contaba con cinco años a la sazón; pero la lucha interna que describe, aunque imaginada, es verosímil, y habrá ejercitado la conciencia de muchos, como su propio hermano testificó.
En medio de la crisis y frente a los charlatanes y embusteros, los predicadores dirigían su atención a la Palabra de Dios, aunque no siempre al gusto de Defoe:
«Tampoco puedo absolver a los ministros que en sus sermones más bien hundieron que levantaron el corazón de sus oyentes. Muchos de ellos sin duda lo hicieron para fortalecer la resolución de sus oyentes, y especialmente para acelerar su arrepentimiento, pero ciertamente no respondió a su fin, al menos no en proporción a la herida que hizo de otra manera; y en verdad, como Dios mismo a través de todas las Escrituras más bien atrae a Él por medio de invitaciones y llamadas a volverse a Él y vivir, que no nos impulsa por el terror y el asombro, así debo confesar que pensé que los ministros deberían haberlo hecho también, imitando a nuestro bendito Señor en esto, que todo su Evangelio está lleno de declaraciones del Cielo de la misericordia de Dios, y su disposición a recibir a los penitentes y perdonarlos, quejándose: «No queréis venir a mí para que tengáis vida», y que por eso su Evangelio se llama el Evangelio de la Paz y el Evangelio de la Gracia.
Pero tuvimos algunos hombres buenos, y de todas las persuasiones y opiniones, cuyos discursos estaban llenos de terror, y no hablaban más que cosas lúgubres; y mientras reunían a la gente con una especie de horror, los despidieron con lágrimas, profetizando nada más que malas noticias, aterrorizando a la gente con las aprensiones de ser completamente destruidos, sin guiarlos, al menos no lo suficiente, a clamar al cielo por misericordia».
En cuanto a la sanidad del alma, no se me ocurre mejor recomendación, ni más saludable remedio para los males de la vida. Nada en la Biblia garantiza nuestra protección contra el accidente o la enfermedad, pero como escribió Daniel Defoe, el Evangelio de Cristo es un Evangelio de Gracia y Paz, y podemos confiar en Él ahora, y en la eternidad.