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«CONTRA VIENTO Y MAREA».      

      Teologías para tiempos de pandemia
            Contra viento y marea (23)

por S.Stuart Park

    Valladolid, 06 de Noviembre de 2020

Castillo de Peñafiel. Valladolid.
 

No es de extrañar que como buen presbiteriano Daniel Defoe haya aplaudido el cierre de las tabernas y lugares de ocio; condenado con energía el engaño de los curanderos, brujos y pitonisas que se lucraban de la ignorancia de sus víctimas; denunciado a los astrólogos aficionados que vieron señales en el cielo, como una espada desenvainada que se cernía sobre la ciudad desde las nubes; y alertado contra el sinfín de charlatanes y embusteros que proliferaban en las calles de la ciudad.

Al mismo tiempo, era sensible ante los gritos de dolor de los afectados, y debatió en su fuero interno si debía abandonar la ciudad para ponerse a salvo, o confiar en la Providencia y arriesgar su vida en medio del peligro. Cuenta que le confortó la lectura del Salmo 91, con su consoladora promesa de protección, y decidió quedarse en la capital:

«El que habita al abrigo del Altísimo / Morará bajo la sombra del Omnipotente. / Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; / Mi Dios, en quien confiaré. / Él te librará del lazo del cazador, / De la peste destructora. (…) / Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza, / Al Altísimo por tu habitación, / No te sobrevendrá mal, / Ni plaga tocará tu morada» (vv. 1-10).

Resulta evidente que muchos de los que también confiaron en la protección de Dios perecieron, y no hay que olvidar que Defoe solo contaba con cinco años a la sazón; pero la lucha interna que describe, aunque imaginada, es verosímil, y habrá ejercitado la conciencia de muchos, como su propio hermano testificó.

En medio de la crisis y frente a los charlatanes y embusteros, los predicadores dirigían su atención a la Palabra de Dios, aunque no siempre al gusto de Defoe:
«Tampoco puedo absolver a los ministros que en sus sermones más bien hundieron que levantaron el corazón de sus oyentes. Muchos de ellos sin duda lo hicieron para fortalecer la resolución de sus oyentes, y especialmente para acelerar su arrepentimiento, pero ciertamente no respondió a su fin, al menos no en proporción a la herida que hizo de otra manera; y en verdad, como Dios mismo a través de todas las Escrituras más bien atrae a Él por medio de invitaciones y llamadas a volverse a Él y vivir, que no nos impulsa por el terror y el asombro, así debo confesar que pensé que los ministros deberían haberlo hecho también, imitando a nuestro bendito Señor en esto, que todo su Evangelio está lleno de declaraciones del Cielo de la misericordia de Dios, y su disposición a recibir a los penitentes y perdonarlos, quejándose: «No queréis venir a mí para que tengáis vida», y que por eso su Evangelio se llama el Evangelio de la Paz y el Evangelio de la Gracia.

Pero tuvimos algunos hombres buenos, y de todas las persuasiones y opiniones, cuyos discursos estaban llenos de terror, y no hablaban más que cosas lúgubres; y mientras reunían a la gente con una especie de horror, los despidieron con lágrimas, profetizando nada más que malas noticias, aterrorizando a la gente con las aprensiones de ser completamente destruidos, sin guiarlos, al menos no lo suficiente, a clamar al cielo por misericordia».

En cuanto a la sanidad del alma, no se me ocurre mejor recomendación, ni más saludable remedio para los males de la vida. Nada en la Biblia garantiza nuestra protección contra el accidente o la enfermedad, pero como escribió Daniel Defoe, el Evangelio de Cristo es un Evangelio de Gracia y Paz, y podemos confiar en Él ahora, y en la eternidad.


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