por S. Stuart Park
El impacto social y económico de la peste fue enorme. Al conocer las dimensiones de la epidemia en Londres, muchos países, incluyendo Holanda, Italia y España, cerraron sus puertos al tráfico procedente de la ciudad, permaneciendo el veto en vigor durante un tiempo considerable incluso después de la superación del mal. Algunos mercaderes intentaron burlar las restricciones a través de terceros países, pero en general la supresión del intercambio comercial fue total.
Cuando la curva de la epidemia comenzó a doblarse (como se dice ahora), la gente que había huido al campo volvió en masa. A pesar de las advertencias de las autoridades, exhortando a quienes regresaban a no mezclarse con personas cuya situación desconocían,
«lo mismo les habría servido hablar al aire». En consecuencia, muchos fueron infectados por causa de su imprudencia y osadía. Cansados de las restricciones y confinamientos, entre la sociedad se desató la euforia de la nueva libertad.
¿Cuál fue el efecto del cese de la epidemia en el ánimo de la población? La reacción de la población se ganó la siguiente opinión de Defoe:
Ojalá pudiera decir que como la ciudad tenía un nuevo rostro, los modales de la gente tenían una nueva apariencia. No dudo de que había muchos que conservaban un sentido sincero de su liberación, y estaban muy agradecidos a esa Mano Soberana que les había protegido en una época tan peligrosa; sería muy poco caritativo juzgar de otra manera en una ciudad tan poblada, y donde la gente era tan devota como lo era aquí en la época de la misma visitación; pero excepto la que se encontraba en familias y en rostros particulares, debe reconocerse que la práctica general de la gente era igual que antes, y se veía muy poca diferencia.
Algunos, en efecto, dijeron que las cosas eran peores; que la moral del pueblo declinó desde ese mismo momento; que el pueblo, endurecido por el peligro en que había estado, como los marineros después de la tormenta, era más malvado y más estúpido, más audaz y endurecido en sus vicios e inmoralidades como lo era antes; pero yo tampoco lo llevaré tan lejos. Se necesitaría una historia de no poca extensión para dar un particular de todas las gradaciones por las que el curso de las cosas en esta ciudad vino a ser restaurado de nuevo, y a correr en su propio canal como lo hicieron antes.
No hay mucho más que añadir. Así somos. El mal del ser humano anida en el corazón, como el propio Señor Jesucristo señaló. En medio de los avatares de la vida con sus accidentes y enfermedades, y frente a los sucesos imprevisibles que afectan a todos, creyentes y no creyentes, imprudentes y razonadores por igual, conviene dirigir nuestra atención a Cristo, y aprender de Él. De esta manera, el «diario de la peste» puede convertirse en un registro enriquecedor, que nos permita afianzarnos en nuestra fe, sin olvidarnos de quienes han sufrido pérdida, sin mayor causa que la de su propia humanidad.
Termino con las palabras del Señor:
«¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos» (Mt. 10:29-30).
Amén.