por S. Stuart Park
Escribo en este Día de la Navidad para poner en perspectiva el misterio de la Encarnación, el nacimiento del Hijo de Dios en un pesebre en Belén. Misterio es, y para recordarlo, citaré palabras del filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955), intelectual agnóstico que discierne con nitidez el carácter único del cristianismo frente a la mitología pagana:
«Los dioses griegos no son más que supremos dioses cósmicos, cimas de la realidad externa, supremas potencias naturales. En una pirámide la cúspide domina toda la pirámide, pero a la vez pertenece a ella. Así, los dioses de la religión griega están sobre el mundo, pero forman parte de él y son su fina flor. El dios del río y del bosque, el dios cereal y el del rayo son la espuma divina de estas realidades intramundanas. El mismo Dios hebreo anda con el rayo y el trueno. Pero el Dios del cristianismo nada tiene que ver con el rayo, ni el trigo, ni el trueno. Es un Dios de verdad trascendente, cuyo modo de ser es incomparable con el de ninguna realidad cósmica. Nada de él, ni la punta de sus pies, cala en este mundo, no es ni siquiera tangente al mundo. Por esta razón es para el cristiano misterio sumo la encarnación. Que un Dios rigurosamente inconmensurable con el mundo se inscriba en él un momento ̶ "y habite entre nosotros" ̶ es la máxima paradoja» (¿Qué es filosofía?).
«Nada de él, ni la punta de sus pies, cala en este mundo, no es ni siquiera tangente al mundo». Más claramente no se puede decir, pero en aquel pesebre los pies de un niño fueron arropados amorosamente por su madre, pies que pisarían los polvorientos caminos de Palestina y serían clavados, un día, en cruz cruel. Una espada atravesó el alma de su madre el día que el Hijo de Dios murió.
Si misterio es la Encarnación, mayor asombro causa su paso por el valle de la sombra de la muerte. Nadie lo ha expresado mejor que el profeta Isaías, que escribió:
Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca (Isa. 53:3-7).
«Experimentado en quebranto». Los días de la pandemia han sido, para muchos, días de quebranto, un tiempo de enfermedad y muerte, aflicción y temor. Conviene recordar en estos días el menosprecio de Cristo, su llaga, y su herida mortal.
«Que un Dios rigurosamente inconmensurable con el mundo se inscriba en él un momento ̶ “y habite entre nosotros” ̶ es la máxima paradoja». Tenía razón el perspicaz Ortega, y a su prosa luminosa volveremos más adelante. Mientras tanto, se nos invita a meditar en el «misterio sumo» de Cristo, en este Día de la Navidad.