por S. Stuart Park
En un ‘soneto’ de belleza incomparable, Qohélet despliega ante nuestros ojos toda la panoplia de las actividades posibles del hombre bajo el sol. La alargada sombra de la vanidad no impide ver una simetría, incluso un designio, en los aparentemente arbitrarios y caprichosos aconteceres de la vida. Dios conoce el día a día de los hombres, ya que «ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación»; con un propósito: «para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle» (Hch. 17:26-27). La soberanía de Dios no anula la libertad del hombre, sin embargo, y proporciona oportunidades para que organice su propia vida con responsabilidad.
La presentación binaria del soneto permite discernir su estructura profunda (Ecl. 3:1-8). Desde su soberanía, Dios facilita un espacio para
todo lo que se quiere, es decir, que el hombre tiene la capacidad, dentro de sus circunstancias y posibilidades, de tomar decisiones y actuar en libertad.
Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.
Tiempo de nacer, y tiempo de morir;
tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;
tiempo de matar, y tiempo de curar;
tiempo de destruir, y tiempo de edificar;
tiempo de llorar, y tiempo de reír;
tiempo de endechar, y tiempo de bailar;
tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras;
tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar;
tiempo de buscar, y tiempo de perder;
tiempo de guardar, y tiempo de desechar;
tiempo de romper, y tiempo de coser;
tiempo de callar, y tiempo de hablar;
tiempo de amar, y tiempo de aborrecer;
tiempo de guerra, y tiempo de paz.
La vida del hombre no está condicionada por un determinismo oculto, pero cuando el tiempo o la hora de cada cosa llega, no puede eludir su responsabilidad. Todo tiene su tiempo, y todo acontecer humano tiene su hora, y aunque el hombre goza de cierta libertad, y se mueve con cierta autonomía en el mundo, la estructura de la vanidad le sujeta en el espacio y en el tiempo, y condiciona su capacidad de decisión. No nace dónde o cuándo quiere (
pace los bilbaínos) ni escoge la hora de su muerte (salvo en ocasiones excepcionales). No planta ni siega cuando quiere, ni llora o ríe por su propia voluntad.
La cuestión que plantea Qohélet es práctica y vital. Vanidad, en el fondo, significa frustración, y para encarar la vida con sabiduría es preciso vivir cada tiempo y cada hora con intensidad. Si hay tristeza, no conviene fingir felicidad, y cuando hay alegría, es preciso disfrutar al máximo el momento, porque no podrá ser retenido, y pasará. El Creador «ha puesto eternidad en el corazón» de los hombres (Ecl. 3:11), y la frustración que siente testifica de su honda necesidad de Dios. La vida no trata a todos por igual, sin embargo, y no hay una fácil solución.