por S. Stuart Park
Qohélet completó su soneto con un binomio que hiela la sangre:
hay tiempo de guerra, y tiempo de paz. Es reconfortante que lo concluya con la palabra ‘paz’, pero la Historia registra una negra letanía de horror en la que la paz no es sino un breve interludio entre guerras, nunca más que en tiempos recientes, incluso hoy. El último siglo ha sido testigo de una barbarie sin precedentes: campos de exterminio, cámaras de gas, terrorismo y depravación. En todas partes proliferan la guerra, la brutalización del hombre, la explotación de la mujer, y la violencia a los niños. Añádanse accidente, enfermedad, desastre natural y pandemia, y el panorama resulta desolador.
Qohélet no es ajeno al infortunio de los hombres y retrata su suerte con dolor:
Me volví y vi todas las violencias que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin tener quien los consuele. Y la fuerza está en la mano de los opresores, y para ellos no había consolador. Y alabé yo a los finados, los que ya murieron, más que a los vivientes, los que viven todavía. Y tuve por más feliz que unos y otros al que no ha sido aún, que no ha visto las malas obras que debajo del sol se hacen. He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu. (Ecl. 4:1-4).
La clarividencia de Qohélet le permite perfilar estructuras de opresión, movidas siempre por la codicia: «Si opresión de pobre y perversión de derecho y de justicia vieres en la provincia, no te maravilles de ello; porque sobre el alto vigila otro más alto, y uno más alto está sobre ellos. (…) El que ama el dinero, no se sacia ni de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. Esto también es vanidad» (Ecl. 5:8, 10). S. Juan fue más allá y dijo: «el mundo entero está bajo el maligno» (1 Jn. 5:19).
En medio de tanta devastación, Qohélet no abandona su visión práctica, sin embargo, y no se deja derrumbar ante la dureza de la condición humana. Merece la pena vivir y ocuparse en las tareas de cada día: «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas» (Ecl. 9-10); y declara: «No hay cosa mejor para el hombre, sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo» (Ecl. 2:10). Y, ¿quién le quitará la razón? S. Pablo lo veía claro: tenía su esperanza puesta en el Dios vivo, «que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Timoteo 6:17).
La lección de Qohélet no es fácil de aprender, y requiere práctica y determinación. Pablo la aprendió en medio de las privaciones y peligros de su apostolado, y dejó este testimonio conmovedor: «Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo, y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad» (Filipenses 4:12).
Se trata de un ejemplo válido para los tiempos que corren, con sus incertidumbres y dificultades de todo tipo. Qohélet le daría la razón.