por S. Stuart Park
El mundo ha celebrado en fechas recientes el nacimiento de Jesús en Belén, anunciado por las huestes celestiales que decían: «¡Gloria a Dios en las alturas, / Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!» (Lc. 2:14). El Mesías no vino para juzgar o condenar sino para perdonar y salvar, enviado para dar fe de la buena voluntad de Dios hacia los hombres. Pero no todos le han recibido, y muchos reaccionan con indignación ante su promesa de paz.
George Steiner, intelectual agnóstico judío, en diálogo con el pensador católico francés Pierre Boutang, expresó su escepticismo acerca de Cristo así:
STEINER: ¡Es demasiado fácil! Una prefiguración que no trae ningún cambio fundamental en la historia, ¡eso es literatura, como se dice en francés!
BOUTANG: ¿Cómo?
STEINER: Le respondo. Estamos a dos mil años del acontecimiento, crucial para ustedes, y todo el mundo sigue revolcándose en la sangre, la barbarie, la tortura y la iniquidad de la peor especie. Así que ¿dónde está el cambio? (…) ¿Por qué no sucede nada en el momento de Cristo?
La Historia parece darle la razón. El Gulag y la Shoah, y todas las guerras y atrocidades pasadas y presentes, señalan con su dedo ensangrentado la aparente ausencia de «Emanuel, Dios con nosotros», tal como le presentó el ángel.
La propia Escritura no es ajena al problema del mal en el mundo, y nadie ha expresado el dilema con tanta contundencia como el patriarca Job, que sufrió males sin número, sin entender por qué:
Al perfecto y al impío él los consume.
Si azote mata de repente,
Se ríe del sufrimiento de los inocentes.
La tierra es entregada en manos de los impíos,
Y él cubre el rostro de sus jueces.
Si no es él, ¿quién es? ¿Dónde está?
(Job 9:23-24).
¿Hay un vacío moral en el corazón del Universo? ¿Se ríe Dios de nosotros? El interrogante de Job no tiene fácil respuesta, y si bien para el ateísmo el problema planteado en términos religiosos es meramente retórico, la fe dirige su mirada a la mayor atrocidad perpetrada en la Historia, la crucifixión del Hijo de Dios.
La respuesta de Dios es un misterio. Él mismo descendió a nuestro mundo donde presenció su dolor, su crueldad y su llanto. Él mismo se sometió a la falsa justicia de hombres inicuos que se ensañaron con Él sin piedad. En palabras del profeta antiguo: «como cordero fue llevado al matadero, y como oveja delante de sus trasquiladores enmudeció… aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca» (Isaías 53:7,9).
«Enmudeció, y no abrió su boca». Pero no siempre será así. Un día, Jesucristo será el Juez. Él dirá la última palabra, y quedará contestada definitivamente la terrible pregunta de Job.