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«CONTRA VIENTO Y MAREA».      

      El idiota
            Contra viento y marea (37)

por S. Stuart Park

    Valladolid, 12 de Febrero de 2021

Fyodor Dostoyevski
 

«La esencia del sentimiento religioso no tiene nada que ver con la razón, o el ateísmo, o el crimen, o con actos de ningún tipo -no tiene nada que ver con estas cosas- y nunca lo ha hecho. Hay algo al margen de todo esto, algo que los argumentos del ateísmo nunca pueden tocar».

Así se pronunció el Príncipe Myshkin, el epónimo héroe de la novela de Fyodor Dostoyevski, El idiota, publicada en 1868. Su aseveración vino a sintetizar cuatro «curiosas conversaciones» que dice haber tenido, relacionadas con el asunto de la fe.

La primera tuvo lugar en un tren, con un ateo culto y erudito cuyos argumentos le parecían situarse «fuera del tema»; en la segunda oyó hablar de un viejo campesino que degolló a otro para hacerse con la cadena que llevaba, mientras exclamaba «¡Dios me perdone, por el amor de Cristo!»; en la tercera un hombre borracho le vendió una cruz «de plata auténtica», que compró por cuatro peniques, sabiendo que era falsa; y en la última, una pobre aldeana que llevaba en sus brazos un bebé de unas seis semanas de edad, vio cómo le sonrió el pequeño por primera vez, y dijo: «¡así es el rostro gozoso de Dios cuando un hijo suyo se dirige a Él por primera vez!»

El Príncipe Myshkin, llamado ‘el idiota’ por su precaria salud y aparente ingenuidad, no era teólogo, pero discernía el fondo de las cosas con mayor claridad que los que se consideraban más listos que él. No es difícil adivinar su opinión de los casos que relató: el ateo daba rodeos a la cuestión de la fe, a pesar de sus muchos argumentos; el campesino empleó una plegaria piadosa para salvar su conciencia mientras cometía un crimen horrendo; el borracho traficó con un símbolo religioso, «como Judas», dijo el Príncipe; en cambio, la aldeana sencilla vio en la sonrisa de su pequeño el rostro amante de Dios.

Casos parecidos se han dado, y se dan, que no requieren mayor atención. El empleo de la violencia al amparo de una falsa religiosidad es un fenómeno muy extendido, y el tráfico religioso es un hecho perenne. De mayor interés son el caso del ateo, que no alcanza a entender la esencia de la fe, y el de la aldeana pobre que vio en el rostro de su hijo un reflejo del corazón de Dios.

Si «la esencia del sentimiento religioso», como la llama el Príncipe, no depende de argumentos, ni es compatible con la conducta hipócrita o falsaria, ¿en qué consiste? La anécdota de la madre sugiere que se trata de un asunto del corazón. Para creer, entonces, ¿hay que ser idiota, y renunciar a la erudición, o simple, y no entender de razones?

En diálogo con un fariseo de renombre llamado Nicodemo, el Señor Jesús estableció la necesidad de pertenecer a la familia de Dios, diciendo: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Jn. 3:8).

«¿Cómo puede hacerse esto?», inquirió Nicodemo, y su pregunta nos acerca al corazón del asunto.


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