por S. Stuart Park
La acción del Espíritu es como el viento que sopla, explicó Jesús, y a lo largo de la Biblia el mundo natural proporciona múltiples analogías que ilustran las realidades invisibles de la esfera espiritual. El sol y la luna, el río y el mar, el árbol y el fruto de la vid son solo algunos de los elementos empleados por los escritores bíblicos para enriquecer nuestro conocimiento de Dios.
La hermosura del mundo natural nos puede llenar de gozo, y la inefable belleza de una mañana primaveral o de una puesta del sol indicadores son de la mano del Creador. Al mismo tiempo, como apuntó en uno de sus ensayos el filósofo José Ortega y Gasset, el entorno paradisíaco que disfrutamos en un día soleado en el campo puede volverse aterrador si se ha perdido un niño pequeño mientras jugaba entre los árboles del río.
El Príncipe Myshkin, que había pasado los primeros años de su vida en un sanatorio suizo por la epilepsia que padecía, sentado un día en un banco en el parque que frecuentaba en San Petersburgo, recordó los sentimientos encontrados que experimentó frente a la Naturaleza durante su estancia allí:
«Un viejo y olvidado recuerdo se despertó en su cerebro, y de repente estalló con claridad y luz. Era un recuerdo de Suiza durante el primer año de su cura, los primeros meses. En aquel momento todavía era considerado un idiota; no podía hablar con claridad, y tenía dificultades para entender cuando los demás le hablaban. Subió a la ladera de la montaña, una mañana soleada, y vagó largamente con un cierto pensamiento en su cerebro, que no se aclaraba. Por encima de él estaba el cielo ardiente, debajo estaba el lago, y todo alrededor estaba el horizonte, claro e infinito. Recordó cómo había extendido sus brazos hacia el bello e ilimitado azul del horizonte, y lloró y lloró. Lo que le había atormentado tanto era la idea de que era un extraño a todo esto, que estaba fuera de este glorioso festival.
¿Qué era este universo? ¿Qué era este gran y eterno concurso que había anhelado desde su infancia, y del que nunca podría participar? ... Cada brizna de hierba conocía su lugar y era feliz. Todo conocía su camino y lo amaba, iba con una canción y volvía con otra; sólo él no sabía nada, no entendía nada, ni a los hombres ni las palabras, ni las voces de la naturaleza; era un extraño y un marginado».
La Naturaleza puede enajenar, o acercarnos a la presencia de Dios, pero el soplo del Espíritu no es un sentimiento, y tampoco es mera poesía. Casos se han dado, según queda documentado, de personas que han visto a Cristo en sueños o visión en países remotos sin contacto alguno con el evangelio, pero «la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios», escribió Pablo (Ro. 10:17), y la propia Naturaleza, que constituye un poderoso testimonio del poder y deidad del Creador, testifica sin palabras del Dios que ha hablado definitivamente en la persona de su Hijo (Hebreos 1:1-2).
«Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero» (1 P. 1:3-5).
¿Cómo puede hacerse esto? ̶ había preguntado Nicodemo ̶, y conviene escuchar la respuesta del propio Simón Pedro, un hombre «sin letras y del vulgo», según el Sanedrín.