por S. Stuart Park
Ser considerado no lo suficientemente preparado como para interesarse por la teología o profundizar en el conocimiento de la Biblia, no es la más drástica de las descalificaciones: a Pablo le tacharon de loco cuando pronunció su defensa ante el rey Agripa y Festo, el procurador, por haber estudiado demasiado: «Diciendo esto, Festo a gran voz dijo: Estás loco, Pablo; las muchas letras te vuelven loco. Mas él dijo: No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que hablo palabras de verdad y de cordura» (Hch. 26:24-25).
Y nos preguntamos, ¿quién de los dos estaba más loco? ¿El que conocía la Sagrada Escritura, o el que no sabía, ni entendía, nada?
La novela cumbre de las letras españolas, el
Quijote cervantino, examina el tema de la locura con el ingenio que caracterizaba a su autor, y presenta a un aldeano «sin letras», Sancho Panza, que sale a la aventura en compañía de un hidalgo, Alonso Quijano, trastornado por completo por sus lecturas, es decir, a quien las muchas letras le habían vuelto, verdaderamente, loco de atar.
La simpleza del bueno de Sancho contrasta con el desquicio del noble de don Quijote, pero ambos, tanto el amo como su criado, participan de la fantasía caballeresca por igual. Surge, por tanto, la pregunta: ¿cuál de los dos es más loco?
Alarmado por los desvaríos de su amigo, el bachiller Sansón Carrasco decide poner fin a sus aventuras y enviarle de vuelta a su casa, con la ayuda de Tomé Cecial, «compadre y vecino de Sancho Panza, hombre alegre y de lucios cascos». Este plantea a Sansón una pregunta crucial:
«Sepamos, pues, ahora cuál es más loco, el que lo es por no poder menos, o el que lo es por su voluntad. A lo que respondió Sansón: La diferencia que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza lo será siempre, y el que lo es de grado lo dejará de ser cuando quisiere» (Parte Segunda, cap. XV).
«Es mejor no ser feliz y saber lo peor, que ser feliz en un paraíso de tontos», dijo Hippolyte, el joven moribundo amigo del príncipe Myshkin, y cuánta razón tenía. ¿Los cristianos vivimos en un mundo de fantasía, como piensan algunos, ajenos a la realidad, o acomodados por conveniencia como tontos en un engaño?
El mundo tiene derecho a conocer nuestra respuesta. Mucho dependerá de cómo somos y qué decimos. Pablo hablaba palabras de «verdad y de cordura», y Pedro escribió: «estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 P. 3:15).
Si así fuera, no hay más que hablar, ni nada que temer.