Elogio de la locura Contra viento y marea (42)
por S. Stuart Park Valladolid, 19 de Marzo de 2021
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Cipión y Berganza |
El empleo del humor da lustre a las obras más serias, como cualquier lector de Shakespeare o Cervantes sabe muy bien, y si bien es cierto es que la frivolidad es capaz de arruinar un buen discurso o sermón, la seriedad excesiva puede ser tan plúmbea como letal.
«La Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza, perros del Hospital de la Resurrección, que está en la ciudad de Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, a quien comúnmente llaman los perros de Mahudes», como reza el título completo de la ´Novela Ejemplar´ de Miguel de Cervantes Saavedra de 1613, da muestra de la agudeza del Príncipe de los Ingenios, cuyas a veces hilarantes escenas no esconden una mordaz crítica de las costumbres de su tiempo y de la hipocresía humana en general.
En el transcurso del Coloquio, Berganza advierte a Cipión (sin gran éxito, todo hay que decirlo) de faltas de decoro que había que evitar en su relato de las peripecias acaecidas en su vida: predicar, murmurar, filosofar, y fingir una erudición que no posee. Son advertencias para tener muy en cuenta. «Predicar», según el léxico canino, era juzgar la conducta ajena; «murmurar» implicaba descuidar la propia; «filosofar» era caer en abstracciones; y fingir saber latín era propio de los ignorantes: «Hay algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en cuando algún latín breve y compendioso, dando a entender a los que no entienden que son grandes latinos, y apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo».
Otro hombre verdaderamente sabio, el gran Erasmo de Rotterdam (1466-1536), filósofo humanista, filólogo y teólogo holandés, que preparó nuevas ediciones latinas y griegas del Nuevo Testamento, criticó los abusos del clero y las supersticiones religiosas, entre otros males de la sociedad, con un estilo irónico propio del título de su obra más conocida, el Elogio de la locura, uno de los libros más traducidos de la historia. Erasmo encontró un precedente en la propia Escritura, el elogio (irónico) de la locura, en la primera Epístola a los Corintios:
«Ahora, por lo tanto, vuelvo a San Pablo, que usa estas expresiones (porque de buena gana toleráis a los necios) aplicándoselas a sí mismo; y otra vez (recibidme como a loco), y (lo que hablo, no lo hablo según el Señor, sino como en locura); y en otro lugar (Nosotros somos insensatos por amor de Cristo). Tampoco esto puede parecer extraño en comparación con lo que más adelante está entregado por San Pablo, que se aventura a atribuir algo de locura incluso al propio Dios omnisciente (Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres)».
La mayor locura, por supuesto, se encuentra en la sabiduría falsa de los hombres. Prosigue Erasmo: «Dios mismo testifica lo mismo cuando habla por boca de su profeta: Destruiré la sabiduría de los sabios y anularé el entendimiento de los entendidos. Con el mismo propósito, nuestro bendito Señor condenó y reprendió con frecuencia a los escribas, fariseos y abogados, mientras que se comportaba con amabilidad y con complacencia con la multitud inexperta; porque, ¿qué otra cosa puede significar esa amarga denuncia?: “Ay de vosotros, escribas y fariseos, y ay de vosotros, sabios”, mientras que a él le encantan los niños, las mujeres y los pescadores analfabetos».
«Hay otro tipo de locura muy agradable ̶ dice Erasmo ̶ en la que las personas asumen para sí mismas cualquier logro que disciernen en los demás». De ella hablaremos en nuestra próxima entrega.
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